28.7.09

Para leer a Benedicto XVI en vacaciones

El periodo de vacaciones que comienza ahora para muchas personas, puede ser un buen momento para leer con calma algunos textos de 2009 de la sección "Benedicto XVI".


28 de julio de 2009

Cartas encíclicas

Caritas in veritate

Viajes del Santo Padre

Benedicto XVI en Israel (mayo 2009)

Benedicto XVI en África (marzo 2009)

Otros textos

Año Sacerdotal

Combatir la pobreza, construir la paz

Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”

Benedicto XVI con el UNIV 2009

Cuaresma: 40 días, 40 ideas del Papa

Audiencia general del Santo Padre en la Semana de oración por la unidad de los cristianos

La gran familia de los hijos de Dios, en la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado.

El Pan en el camino hacia la libertad, la justicia y la paz


Junio 14, 2009

Palabras que pronunció Benedicto XVI este domingo antes y después de rezar la oración mariana del Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Se celebra hoy en varios países, entre los cuales Italia, el Corpus Christi, la fiesta de la Eucaristía, en la que el Sacramento del Cuerpo del Señor es llevado solemnemente en procesión. ¿Qué significa para nosotros esta fiesta? No sólo hace referencia al aspecto litúrgico; en realidad, el Corpus Christi es un día que involucra la dimensión cósmica, el cielo y la tierra. Evoca, ante todo, al menos en nuestro hemisferio, esta estación tan bella y perfumada en la que la primavera se convierte en verano, el sol brilla con intensidad en el cielo y en los campos madura el trigo. Las fiestas de la Iglesia, al igual que las judías, están relacionadas con el ritmo del año solar, de la siembra y la cosecha. En particular, esto se destaca en la solemnidad de este día, en cuyo centro está el pan, fruto de la tierra y del cielo. Por este motivo, el pan eucarístico es signo visible de Aquél en el que el cielo y la tierra, Dios y el hombre, se han convertido en una sola cosa. Y esto muestra que la relación con las estaciones no es para el año litúrgico algo simplemente exterior.

La solemnidad del Corpus Christi está íntimamente ligada a la Pascua y a Pentecostés: la muerte y la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu Santo constituyen sus presupuestos. Además, está inmediatamente ligada a la fiesta de la Trinidad, celebrada el domingo pasado: sólo porque Dios mismo es relación se puede dar una relación con Él; y sólo porque es amor puede amar y ser amado. De este modo, el Corpus Christi es una manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor. De manera única y peculiar, esta fiesta nos habla del amor divino, de lo que es y de lo que hace. Nos dice, por ejemplo, que regenera al entregarse a uno mismo, que se recibe al dar, que no se desvirtúa ni se consume, como canta un himno de santo Tomás de Aquino: "nec sumptus consumitur". El amor todo lo transforma y, por tanto, se comprende que en el centro de esta fiesta del Corpus Christi se encuentra el misterio de la transubstanciación, signo de Jesús-Caridad, que transforma el mundo. Al contemplarle y adorarle, decimos: sí, el amor existe, y dado que existe, las cosas pueden cambiar para mejor y nosotros podemos esperar. La esperanza que procede del amor de Cristo nos da la fuerza para vivir y afrontar las dificultades. Por ello, cantamos, mientras llevamos en procesión al Santísimo Sacramento; cantamos y alabamos a Dios que se ha revelado escondiéndose en el signo del pan partido. De este Pan todos tenemos necesidad, pues es largo y cansado el camino hacia la libertad, la justicia y la paz.

Podemos imaginar con cuánta fe y amor la Virgen habrá recibido y adorado en su corazón la santa Eucaristía! Cada vez era para ella como revivir todo el misterio de su Hijo Jesús: desde la concepción hasta la resurrección. "Mujer eucarística" la ha llamado mi venerado y amado predecesor, Juan Pablo II. Aprendamos de ella a renovar continuamente nuestra comunión con el Cuerpo de Cristo para amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

[Después de rezar el Ángelus, añadió:]

Del 24 al 26 de este mes se celebrará en Nueva York la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la crisis económica y financiera y sobre su impacto sobre el desarrollo. Invoco sobre los participantes en la Conferencia, así como sobre los responsables de la cosa pública y de los destinos del planeta el espíritu de sabiduría y de solidaridad humana para que la actual crisis se transforme en una oportunidad capaz de favorecer una mayor atención por la dignidad de toda persona humana y de promover una justa distribución del poder de decisión y de los recursos, prestando particular atención al número por desgracia siempre en aumento de los pobres.

En este día, en el que en Italia y en otras muchas naciones se celebra la fiesta del Corpus Christi, "Pan de la vida", como ya he dicho antes, deseo recordar en especial a los centenares de millones de personas que sufren a causa del hambre. Es una realidad absolutamente inaceptable, que no logra redimensionarse a pesar de los esfuerzos de las últimas décadas. Deseo, por tanto, que con motivo de la próxima Conferencia de la ONU y en las instituciones internacionales se asuman medidas compartidas por toda la comunidad internacional y se realicen esas opciones estratégicas, que en ocasiones no son fáciles de aceptar pero que son necesarias para asegurar a todos, en el presente y en el futuro, los alimentos fundamentales y una vida digna.

El próximo viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de Santificación Sacerdotal, comenzará el Año Sacerdotal, que he querido convocar en coincidencia con el 150 aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Encomiendo a vuestras oraciones esta nueva iniciativa espiritual, que seguirá al Año Paulino, que se encamina hacia su conclusión. Que este nuevo año jubilar constituya una ocasión propicia para profundizar en el valor y la importancia de la misión sacerdotal y para pedir al Señor que le dé a su Iglesia el don de numerosos y santos sacerdotes.

[A continuación el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana. En este día, en el que en muchas partes se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, os invito a rendir público testimonio de fe y piedad hacia este excelso sacramento, memorial de la pasión del Señor. Que la veneración de este sagrado misterio nos haga experimentar constantemente el fruto de la redención. Feliz domingo.

27.7.09

Ante la crisis, un nuevo modelo de desarrollo

Junio 13, 2009

Discurso que dirigió este sábado Benedicto XVI al recibir en audiencia a los miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice.

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Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,

queridos amigos:

Gracias por vuestra visita que se enmarca en el contexto de vuestra reunión anual. Os saludo a todos con afecto y os doy las gracias por lo que hacéis, con probada generosidad, al servicio de la Iglesia. Saludo y doy las gracias al conde Lorenzo Rossi di Montelera, vuestro presidente, que ha interpretado con fina sensibilidad vuestros sentimientos, exponiendo en grandes líneas la actividad de la Fundación. Doy también las gracias a quienes, en idiomas diferentes, han querido testimoniar su común devoción. El encuentro de hoy asume un significado y un valor particular a la luz de la situación que vive en este momento toda la humanidad.

En efecto, la crisis financiera y económica que ha golpeado a los países industrializados, los emergentes y los que están en vías de desarrollo, demuestra que hay que replantearse algunos paradigmas económico-financieros dominantes en los últimos años. Por tanto, vuestra fundación ha estado acertada al afrontar, en el congreso internacional que se celebró ayer, el tema de la búsqueda de los valores y reglas a los que debería atenerse el mundo económico para implementar un modelo de desarrollo más atento a las exigencias de la solidaridad y más respetuoso de la dignidad humana.

Me alegra saber que habéis examinado, en particular, las interdependencias entre instituciones, empresas y mercado, partiendo, en acuerdo con la encíclica Centesimus annus de mi venerado predecesor Juan Pablo II, de la reflexión según la cual, la economía de mercado, entendida como "un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía" (n. 42), puede ser reconocida como un camino de progreso económico y civil sólo si se orienta hacia el bien común (Cf. n. 43). Esta visión, sin embargo, debe estar acompañada también por otra reflexión, según la cual, la libertad en el sector de la economía debe enmarcarse en "un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral", una libertad responsable, "cuyo centro es ético y religioso" (n. 42). Oportunamente la encíclica mencionada afirma: "Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos" (n. 43).

Deseo que las investigaciones desarrolladas en vuestro trabajo, inspirándose en los eternos principios del Evangelio, elaboren una visión de la economía moderna respetuosa de las necesidades y de los derechos de los débiles. Como sabéis, próximamente se publicará mi encíclica dedicada precisamente al gran tema de la economía y del trabajo: en ella se destacarán cuáles son, para nosotros, los cristianos, los objetivos que hay que perseguir y los valores que hay que promover y defender incansablemente para lograr una convivencia humana realmente libre y solidaria.

Constato también, con complacencia, todo lo que estáis haciendo a favor del Pontificio Instituto para Estudios Árabes e Islámicos (PISAI), a cuyas finalidades, compartidas por vosotros, atribuyo un gran valor para un diálogo interreligioso cada vez más fecundo.

Queridos amigos: gracias una vez más por vuestra visita; aseguro a cada uno de vosotros un recuerdo en la oración, mientras os bendigo a todos de corazón.

24.7.09

Benedicto XVI presenta al filósofo y teólogo Juan Escoto Erígena

Junio 10, 2009


Intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles, dedicada a presentar la figura de Juan Escoto Erígena, del siglo IX.

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Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera hablar de un notable pensador del Occidente cristiano: Juan Escoto Erígena, cuyos orígenes son oscuros. Procedía ciertamente de Irlanda, donde había nacido a inicios del siglo IX, pero no sabemos cuándo dejó su isla para atravesar el Canal de la Mancha y entrar así a formar parte plenamente de ese mundo cultural que estaba renaciendo en torno a los carolingios, y en particular, en torno a Carlos el Calvo, en la Francia del siglo IX. Así como no conocemos la fecha exacta de su nacimiento, tampoco conocemos la de su muerte que, según los expertos, debería situarse en torno al año 870.

Juan Escoto Erígena tenía una cultura patrística, tanto griega como latina, de primera mano: conocía directamente los escritos de los padres latinos y griegos. Conocía bien, entre otras, las obras de Agustín, Ambrosio, Gregorio Magno, grandes padres del Occidente cristiano, pero conocía también el pensamiento de Orígenes, de Gregorio de Nisa, de Juan Crisóstomo y de otros padres de Oriente no menos importantes. Era un hombre excepcional, que en aquella época dominaba también el griego. Demostró una atención sumamente particular por san Máximo el Confesor, y sobre todo por Dionisio Areopagita. Bajo este seudónimo, se esconde un escritor eclesiástico del siglo V, de Siria, pero al igual que toda la Edad Media Juan Escoto Erígena, estaba convencido de que este autor era un discípulo directo de san Pablo, del que se habla en los Hechos de los Apóstoles (17, 34). Escoto Erígena, convencido de esta apostolicidad de los escritos de Dionisio, lo calificaba como "autor divino" por excelencia; sus escritos fueron, por tanto, una fuente eminente de su pensamiento. Juan Escoto tradujo al latín sus obras. Los grandes teólogos medievales, como san Buenaventura, conocieron las obras de Dionisio a través de esta traducción. Se dedicó durante toda la vida a profundizar y desarrollar su pensamiento, recurriendo a estos escritos, hasta el punto de que todavía hoy en ocasiones puede ser difícil distinguir cuándo nos encontramos con el pensamiento de Escoto Erígena y cuá0ndo no hace más que proponer el pensamiento del Pseudo Dionisio.

En realidad, el trabajo teológico de Juan Escoto no tuvo mucha suerte. El final de la era carolingia hizo olvidar sus obras, y una censura por parte de la autoridad eclesiástica arrojó sombras sobre su figura. En realidad, Juan Escoto representa un platonismo radical, que en ocasiones parece acercarse a una visión panteísta, si bien sus intenciones personales subjetivas fueron siempre ortodoxas. Hasta nuestros días han llegado algunas obras de Juan Escoto Erígena, entre las cuales merecen ser recordadas, en particular, el tratado "Sobre la división de la naturaleza" y las "Exposiciones sobre la jerarquía celeste de san Dionisio". En ellas, desarrolla estimulantes reflexiones teológicas y espirituales, que podrían sugerir interesantes profundizaciones incluso para los teólogos contemporáneos. Me refiero, por ejemplo, a lo que escribe sobre el deber de ejercer un discernimiento apropiado sobre lo que presenta como auctoritas vera [la verdadera autoridad, ndt.], o sobre el compromiso para seguir buscando la verdad hasta que no se alcance una experiencia de la adoración silenciosa de Dios.

Nuestro autor dice: "Salus nostra ex fide inchoat: nuestra salvación comienza con la fe". Es decir, no podemos hablar de Dios partiendo de nuestras invenciones, sino de lo que el mismo Dios dice sobre sí mismo en las Sagradas Escrituras. Dado que Dios sólo dice la verdad, Escoto Erígena está convencido de que la autoridad y la razón nunca pueden estar en contraposición la una contra la otra. Está convencido de que la verdadera religión y la verdadera filosofía coinciden. Desde esta perspectiva, escribe: "Cualquier tipo de autoridad que no esté confirmada por una verdadera razón debería ser considerada como débil... Sólo es verdadera autoridad aquella que coincide con la verdad descubierta en virtud de la razón, aunque se trate de una autoridad recomendada y transmitida para utilidad de las posteriores generaciones por los santos padres" (I, PL 122, col 513BC). Por tanto, advierte: "Que no te atemorice ninguna autoridad o te distraiga de lo que te hace comprender la persuasión obtenida gracias a una recta contemplación racional. De hecho, la auténtica autoridad no contradice nunca la recta razón, y esta última nunca contradice una verdadera autoridad. La una y la otra proceden sin duda de la misma fuente, que es la sabiduría divina" (I, PL 122, col 511B). Vemos aquí una valiente afirmación del valor de la razón, fundada sobre la certeza de que la verdadera autoridad es razonable, pues Dios es la razón creadora.

La misma Escritura no se libra, según Erígena, de la necesidad de aplicar el mismo criterio de discernimiento. La Escritura, de hecho, afirma el teólogo irlandés, volviendo a plantear una reflexión ya presente en Juan Crisóstomo, no hubiera sido necesaria si el hombre no hubiera pecado. Por tanto, hay que deducir que la Escritura fue dada por Dios con una intención pedagógica y por condescendencia para que el hombre pudiera recordar todo lo que había sido impreso en su corazón desde el momento de su creación "a imagen y semejanza de Dios" (Cf. Génesis 1, 26) y que le había hecho olvidar la caída original. Erígena escribe en las Expositiones: "El hombre no fue creado para la Escritura, de la que no habría tenido necesidad si no hubiera pecado, sino que más bien la Escritura -entretejida de doctrina y símbolos- ha sido donada al hombre. Gracias a ésta, de hecho, nuestra naturaleza racional puede introducirse en los secretos de la auténtica contemplación pura de Dios" (II, PL 122, col 146C). La palabra de la Sagrada Escritura purifica nuestra razón algo ciega y nos ayuda a regresar al recuerdo de lo que nosotros, en cuanto imagen de Dios, llevamos en nuestro corazón, vulnerado por desgracia por el pecado.

De aquí, derivan algunas consecuencias hermenéuticas sobre la manera de interpretar la Escritura, que pueden indicar todavía hoy el camino justo para una correcta lectura de la Sagrada Escritura. Se trata, de hecho, de descubrir el sentido escondido en el texto sagrado y esto supone un ejercicio particular interior gracias al cual la razón se abre al camino seguro hacia la verdad. Este ejercicio consiste en cultivar una constante disponibilidad a la conversión. Para llegar en profundidad a la visión del texto es necesario avanzar simultáneamente en la conversión del corazón y en el análisis conceptual de la página bíblica ya sea de carácter cósmico, histórico o doctrinal. Sólo gracias a la constante purificación tanto del ojo del corazón como del ojo de la mente se puede conquistar la comprensión exacta.

Este camino arduo, exigente y entusiasmante, hecho de conquistas continuas y relativizaciones del saber humano, lleva a la criatura inteligente hasta el umbral del Misterio divino, donde todas las nociones constatan su propia debilidad e incapacidad y llevan, por tanto, a ir más allá -con la simple fuerza libre y dulce de la verdad- de todo los que es alcanzado continuamente. El reconocimiento adorador y silencioso del Misterio, que desemboca en la comunión unificadora, se revela por tanto como el único camino para una relación con la verdad que sea al mismo tiempo la más íntima posible y la más escrupulosamente respetuosa de la alteridad. Juan Escoto, utilizando también en esto un término apreciado por la tradición cristiana de lengua griega, llamó a esta experiencia a la que tendemos "theosis" o divinización, con afirmaciones atrevidas hasta el punto de que fue sospechado de caer en el panteísmo heterodoxo. De todos modos, suscitan intensa emoción textos como el siguiente, en el que, recurriendo a la antigua metáfora de la fusión del hierro, escribe: "Por tanto, como todo hierro incandescente se hace líquido hasta el punto de que sólo parece fuego, y sin embargo permanecen distintas las sustancias de uno y del otro, del mismo modo hay que aceptar que, después del final de este mundo, toda la naturaleza, tanto la corporal como la incorporal, manifetará sólo a Dios y sin embargo permanecerá íntegra, de manera que Dios pueda ser en cierto sentido comprendido a pesar de que permanezca incomprensible y la criatura misma sea transformada, con maravilla inefable, en Dios" (V, PL 122, col 451B).

En realidad, todo el pensamiento teológico de Juan Escoto se convierte en la demostración más clara del intento de expresar lo explicable de lo inexplicable de Dios, basándose únicamente en el misterio del Verbo hecho carne en Jesús de Nazaret. Las numerosas metáforas utilizadas por él para indicar esta realidad inefable demuestran hasta qué punto es consciente de la absoluta incapacidad de los términos con los que nosotros hablamos de estas cosas. Y, sin embargo, permanece ese encanto y esa atmósfera de auténtica experiencia mística que de vez en cuando se puede tocar casi con la mano en sus textos. Basta citar, como prueba, una página del libro De divisione naturae, que toca profundamente nuestro espíritu de creyentes del siglo XXI: "Sólo hay que desear --escribe-- la alegría de la verdad, que es Cristo, y sólo hay que evitar la ausencia de él. Debería considerarse que ésta es la única causa de total y eterna tristeza.

Quítame a Cristo y no me quedará ningún bien y no hay nada que me aterrorizará tanto como su ausencia. El peor tormento de una criatura racional es la privación y la ausencia de Él" (V, PL 122, col 989a). Son palabras que podemos hacer nuestras, traduciéndolas en oración a Aquel que constituye también el anhelo de nuestro corazón.

[Al final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:
Juan Escoto Eriúgena fue un destacado filósofo del renacimiento carolingio. Poco o nada se sabe de su origen, excepto que nació en torno al año 800, en Irlanda. Posteriormente, se estableció en la corte del rey francés Carlos el Calvo. Murió alrededor del año 870. Fue un buen conocedor de la cultura patrística, dedicando una atención especial a san Máximo el Confesor y, sobre todo, a Dionisio el Areopagita, al que identificaba con aquel ateniense de igual nombre que san Pablo encontró en Atenas, y del cual se habla en el libro de los Hechos de los Apóstoles. A Dionisio, Juan Escoto lo calificaba como el "autor divino" por excelencia y tradujo sus obras del griego al latín. Las intuiciones de Escoto Eriúgena fueron luego recogidas y desarrolladas por algunos grandes místicos occidentales, en particular por el famoso Maestro Eckhart. Sus escritos más importante son el tratado "sobre la división de la naturaleza" y "las exposiciones sobre la jerarquía celeste de San Dionisio". En toda su producción teológica, Juan Escoto se esfuerza por expresar lo inefable de Dios, basándose para ello en el misterio del Verbo hecho carne en Jesús de Nazaret.

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes y fieles de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz, a los feligreses de distintas parroquias de España, así como a los grupos procedentes de México y otros países latinoamericanos. Siguiendo las enseñanzas de Juan Escoto, os invito a no desear otra cosa sino el encuentro con Cristo, fuente de la verdadera alegría, y a no tener más tristeza que estar alejados de Él. Muchas gracias.

23.7.09

Mensaje del Papa sobre el gran evangelizador de China, Matteo Ricci

Junio 9, 2009

Se ha publicado el mensaje que escribió Benedicto XVI con motivo del cuarto centenario de la muerte del sacerdote jesuita Matteo Ricci (nacido en Macerata, Italia, el 6 de octubre de 1552, y fallecido en Pekín el 11 de mayo de 1610).

El padre Ricci introdujo en China los conocimientos cartográficos y los estudios matemáticos de la Europa de su época, y tuvo un papel decisivo en el asentamiento de las primeras comunidades católicas en el país. Por otra parte los escritos de Ricci sobre China aumentaron el conocimiento sobre este país en Occidente.

A Matteo Ricci, en camino de beatificación desde 1984, está dedicado el observatorio astronómico que surge en los muros de la Ciudad Imperial de Pekín, pues conserva instrumentos astronómicos de los inicios del siglo XVII que fueron diseñados por el mismo jesuita. Según algunas publicaciones, se trata de una de las cien figuras más influyentes en la historia de la humanidad del segundo milenio.

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Al venerado hermano
Claudio Giuliodori
Obispo de Macerata, Tolentino,
Recanati, Cingoli y Treia

Me ha alegrado saber que en esa diócesis se han programado varias iniciativas para conmemorar, en ámbito eclesial y civil, el IV centenario de la muerte del padre Matteo Ricci, de la Compañía de Jesús, que tuvo lugar en Pekín el 11 de mayo de 1610. Con ocasión de la apertura de este año jubilar especial, me complace enviarle a usted y a toda la comunidad diocesana mi cordial saludo.

El jesuita Matteo Ricci, que nació en Macerata el 6 de octubre de 1552, dotado de profunda fe y de extraordinario ingenio cultural y científico, dedicó muchos años de su vida a tejer un provechoso diálogo entre Occidente y Oriente, realizando al mismo tiempo una acción eficaz de arraigo del Evangelio en la cultura del gran pueblo de China. Su ejemplo sigue siendo también hoy un modelo de encuentro beneficioso entre la civilización europea y la china.

Por tanto, me uno de buen grado a cuantos recuerdan a este generoso hijo de vuestra tierra, ministro obediente de la Iglesia e intrépido e inteligente mensajero del Evangelio de Cristo. Considerando su intensa actividad científica y espiritual, no se puede menos de quedar favorablemente impresionados por la innovadora y peculiar capacidad que tuvo de acercarse, con pleno respeto, a las tradiciones culturales y espirituales chinas en su conjunto.

Efectivamente, esa actitud caracterizó su misión, orientada a buscar la posible armonía entre la noble y milenaria civilización china y la novedad cristiana, que es fermento de liberación y de auténtica renovación dentro de toda sociedad, dado que el Evangelio, mensaje universal de salvación, está destinado a todos los hombres, cualquiera que sea el contexto cultural y religioso al que pertenezcan.

Además, lo que ha hecho original y -podríamos decir- profético su apostolado, fue seguramente la profunda simpatía que sentía por los chinos, por su historia, por sus culturas y tradiciones religiosas. Baste recordar su Tratado sobre la amistad (De amicitia Jiaoyoulun), que obtuvo gran éxito desde su primera edición en Nankín en 1595. Este paisano vuestro, modelo de diálogo y de respeto por las creencias de los demás, hizo de la amistad el estilo de su apostolado durante los veintiocho años que permaneció en China. La amistad que ofrecía era correspondida por las poblaciones locales precisamente gracias al clima de respeto y estima que trataba de cultivar, preocupándose por conocer cada vez mejor las tradiciones de la China de ese tiempo.

A pesar de las dificultades y las incomprensiones que afrontó, el padre Ricci quiso mantenerse fiel hasta la muerte a ese estilo de evangelización, aplicando -se podría decir- una metodología científica y una estrategia pastoral basadas, por una parte, en el respeto de las sanas costumbres del lugar, que los neófitos chinos no debían abandonar cuando abrazaban la fe cristiana; y, por otra, en la convicción de que la Revelación podía valorarlas y completarlas aún más. Y precisamente de acuerdo con estas convicciones, el padre Ricci, como habían hecho los Padres de la Iglesia en el encuentro del Evangelio con la cultura grecorromana, planteó su clarividente labor de inculturación del cristianismo en China, buscando un entendimiento constante con los doctos de ese país.

Deseo vivamente que las manifestaciones jubilares en su honor -encuentros, publicaciones, exposiciones, congresos y otros eventos culturales en Italia y en China- brinden la oportunidad de profundizar en el conocimiento de su personalidad y de su actividad. Ojalá que, siguiendo su ejemplo, nuestras comunidades, dentro de las cuales conviven personas de diversas culturas y religiones, crezcan en el espíritu de acogida y de respeto recíproco. Que el recuerdo de este noble hijo de Macerata sea también para los fieles de esa comunidad diocesana motivo para fortalecer, siguiendo su ejemplo, el celo misionero que debe animar la vida de todo auténtico discípulo de Cristo.

Venerado hermano, expreso mis mejores deseos de pleno éxito de las celebraciones jubilares previstas a partir del próximo día 11 de mayo, asegurando mi recuerdo en la oración, y, a la vez que invoco la intercesión materna de María, Reina de China, envío de corazón mi bendición a usted y a todos los que han sido confiados a sus cuidados pastorales.

Vaticano, 6 de mayo de 2009

BENEDICTO PP. XVI

22.7.09

Los retos de la Iglesia en Venezuela,

Junio 8, 2009


Discurso que Benedicto XVI entregó este lunes a los obispos de la Conferencia Episcopal de Venezuela que se encuentran en Roma con motivo de su visita "ad limina apostolorum".

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Señor Cardenal,
Queridos Hermanos en el Episcopado

1. Os doy mi cordial bienvenida, Pastores de la Iglesia en Venezuela, a este encuentro durante vuestra visita ad limina y, como Sucesor de Pedro, doy gracias al Señor por esta ocasión de confirmar a mis hermanos en la fe (cf. Lc 22, 32) y de participar con ellos en sus alegrías y preocupaciones, en sus proyectos y en sus dificultades.

Agradezco ante todo a Mons. Ubaldo Ramón Santana Sequera, Arzobispo de Maracaibo y Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, sus palabras, que manifiestan vuestra comunión con el Obispo de Roma y Cabeza del Colegio Episcopal, así como los desafíos y esperanzas de vuestro ministerio pastoral.

2. En efecto, los retos que debéis afrontar en vuestra labor pastoral son cada vez más abundantes y difíciles, viéndose además en los últimos tiempos incrementados por una grave crisis económica mundial. Sin embargo, el momento actual ofrece también numerosos y verdaderos motivos de esperanza, de esa esperanza capaz de llenar los corazones de todos los hombres, y que "sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo" (Spe salvi, 27). Al igual que hizo con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), el Señor resucitado camina también a nuestro lado infundiéndonos su espíritu de amor y fortaleza, para que podamos abrir nuestros corazones a un futuro de esperanza y de vida eterna.

3. Tenéis por delante, queridos Hermanos, una apasionante tarea de evangelización y habéis iniciado la "Misión para Venezuela", en línea con la Misión Continental promovida por la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida. También éstos son tiempos de gracia para los que se dedican por entero a la causa del Evangelio. Confiad en el Señor. Él hará fecunda vuestra entrega y vuestros sacrificios.

Os animo, por tanto, a incrementar las iniciativas para dar a conocer en toda su integridad y hermosura la figura y el mensaje de Jesucristo. Para ello, además de una buena formación doctrinal de todo el Pueblo de Dios, es importante fomentar una profunda vida de fe y oración. En la liturgia, y en el diálogo íntimo de la plegaria personal o comunitaria, el Resucitado viene a nuestro encuentro, transformando nuestro corazón con su presencia amorosa.

Deseo recordar también la necesidad de la vida espiritual de los Obispos. Éstos, configurados plenamente con Cristo Cabeza por el sacramento del Orden, son en cierto modo para la Iglesia a ellos confiada un signo visible del Señor Jesús (cf. Lumen gentium 21). Por eso, el ministerio pastoral ha de ser un reflejo coherente de Jesús, Siervo de Dios, mostrando a todos la importancia capital de la fe, así como la necesidad de poner en primer lugar la vocación a la santidad (cf. Juan Pablo II Exhor. ap. Pastores gregis, 12).

4. Para llevar a cabo una fructífera acción pastoral es indispensable la estrecha comunión afectiva y efectiva entre los Pastores del Pueblo de Dios, que "han de ser siempre conscientes de que están unidos entre sí y mostrar su solicitud por todas las Iglesias" (Christus Dominus, 6). Esta unidad, que hoy y siempre se ha de promover y expresar de manera visible, será fuente de consuelo y de eficacia apostólica en el ministerio que se os ha confiado.

5. El espíritu de comunión lleva a prestar una atención especial a vuestros sacerdotes. Ellos, colaboradores inmediatos del ministerio episcopal, han de ser los primeros destinatarios de vuestro cuidado pastoral, tratándolos con cercanía y fraterna amistad. Ello les ayudará a desempeñar con abnegación el ministerio recibido y también a acoger con espíritu filial, cuando fuere necesario, las advertencias sobre aquellos aspectos que deben mejorar o corregir. Por eso, os animo a redoblar los esfuerzos para impulsar el celo pastoral entre los presbíteros, de modo particular durante este próximo año sacerdotal que he querido declarar.

A esto se añade el interés que se ha de tener por el Seminario Diocesano, para alentar una esmerada y competente selección y formación de los llamados a ser pastores del Pueblo de Dios, sin escatimar medios humanos y materiales para ello.

6. Los fieles laicos, por su parte, participan según su modo específico en la misión salvífica de la Iglesia (cf. Lumen gentium, 33). Como discípulos y misioneros de Cristo, están llamados a iluminar y ordenar las realidades temporales de modo que respondan al designio amoroso de Dios (ibíd. 31). Para ello, hace falta un laicado maduro, que dé testimonio fiel de su fe y sienta el gozo de su pertenencia al Cuerpo de Cristo, al que debe ofrecerse, entre otras cosas, un adecuado conocimiento de la doctrina social de la Iglesia. En este sentido, aprecio vuestro empeño por irradiar la luz del Evangelio sobre los acontecimientos de mayor relevancia que afectan a vuestro País, sin otros intereses que la difusión de los más genuinos valores cristianos, con vistas también a favorecer la búsqueda del bien común, la convivencia armónica y la estabilidad social.

Os confío de un modo particular a quienes pasan necesidad. Seguid fomentando las múltiples iniciativas de caridad de la Iglesia en Venezuela, de modo que nuestros hermanos más indigentes puedan experimentar la presencia entre ellos de Aquel que dio su vida en la Cruz por todos los hombres.

7. Concluyo con una palabra de esperanza y aliento en vuestra tarea; contáis siempre con mi apoyo, solicitud y cercanía espiritual. Y os pido que llevéis mi saludo afectuoso a todos los miembros de vuestras Iglesias particulares: a los Obispos eméritos, los sacerdotes, religiosos y fieles laicos, especialmente a los matrimonios, a los jóvenes, a los ancianos y a las personas que sufren. Con estos sentimientos, e invocando la protección de la Virgen María, Nuestra Señora de Coromoto, tan querida en toda Venezuela, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

21.7.09

El Amor explica el misterio de la Trinidad

Junio 7, 2009


Palabras que pronunció Benedicto XVI este domingo antes y después de rezar la oración mariana del Ángelus junto a los peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

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Queridos hermanos y hermanas:

Tras el tiempo pascual, culminado en la fiesta de Pentecostés, la liturgia prevé estas tres solemnidades del Señor: hoy la Santísima Trinidad; el jueves próximo la del Corpus Christi, que en muchos países, entre ellos Italia, se celebra el domingo próximo; y, por último, el viernes sucesivo, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Cada una de estas celebraciones litúrgicas subraya una perspectiva desde la que se abarca todo el misterio de la fe cristiana: respectivamente, la realidad de Dios Uno y Trino, el Sacramento de la Eucaristía y el centro divino-humano de la Persona de Cristo. En verdad, se trata de aspectos del único misterio de la salvación, que en cierto sentido resumen todo el itinerario de la revelación de Jesús, desde la encarnación a la muerte y resurrección hasta la ascensión y el don del Espíritu Santo.

Hoy contemplamos la Santísima Trinidad, tal y como nos la ha hecho conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor "no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia" (Prefacio de la misa de la Santísima Trinidad): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; por último, es Espíritu Santo que todo lo mueve, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres personas que son un solo Dios, pues el Padre es amor, el Hijo es amor, el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que incesantemente se entrega y comunica. Lo podemos intuir en cierto sentido al observar tanto el macro-universo: nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias; como el micro-universo: las células, los átomos, las partículas elementales. En todo lo que existe se encuentra, en cierto sentido, impreso el "nombre" de la Santísima Trinidad, pues todo el ser hasta las últimas partículas es ser en relación, y de este modo se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador. Todo procede del amor, tiende al amor, y se mueve empujado por el amor, naturalmente, según diferentes niveles de consciencia y de libertad. "¡Señor Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Salmo 8, 2), exclama el salmista. Hablando del "nombre" la Biblia indica al mismo Dios, su identidad más verdadera; identidad que resplandece en toda la creación, en la que todo ser, por el hecho de ser y por el "tejido" del que está hecho hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega, en una palabra, al Amor. "En Él --dijo el apóstol en el Areópago de Atenas-- vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 28). La prueba más fuerte de que estamos hechos a imagen de la Trinidad es ésta: sólo el amor nos hace felices, pues vivimos en relación, y vivimos para amar y para ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en el propio "genoma" la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.

La Virgen María, en su dócil humildad, se hizo esclava del Amor divino: acogió la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. En ella, el Omnipotente se construyó un templo digno de Él, e hizo de ella el modelo y la imagen de la Iglesia, misterio y casa de comunión para todos los hombres. Que María, espejo de la Trinidad Santísima, nos ayude a crecer en la fe en el misterio trinitario.

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana y a todos los que se unen a ella a través de la radio y la televisión. En esta solemnidad de la Santísima Trinidad, os invito a proclamar nuestra fe en Dios Padre, que ha enviado al mundo a su Hijo, Camino, Verdad y Vida, y al Espíritu de la santificación, para revelar a los hombres su inmenso amor y rescatarlos del pecado y de la muerte. Feliz domingo.

20.7.09

Benedicto XVI presenta al "maestro de Alemania", Rabano Mauro

Junio 3, 2009

Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles dedicada a presentar la figura del monje Rabano Mauro.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera hablar de un personaje del occidente latino verdaderamente extraordinario: el monje Rabano Mauro. Junto a hombres como Isidoro de Sevilla, Beda el Venerable, Ambrosio Auperto, de los que ya he hablado en catequesis precedentes, supo durante los siglos de la Alta Edad Media mantener el contacto con la gran cultura de los antiguos sabios y de los padres cristianos. Recordado con frecuencia como "praeceptor Germaniae" [maestro de Alemania, ndt.], Rabano Mauro tuvo una fecundidad extraordinaria. Con su capacidad de trabajo totalmente excepcional fue quizás el que más contribuyó a mantener viva la cultura teológica, exegética y espiritual a la que recurrirían los siglos sucesivos. A él hacen referencia grandes personajes pertenecientes al mundo de los monjes, como Pedro Damián, Pedro el Venerable y Bernardo de Claraval, así como un número cada vez más consistente de "clérigos" del clero secular, que en los siglos XII y XIII dieron vida a uno de los florecimientos más hermosos y fecundos del pensamiento humano.

Nacido en Maguncia, alrededor del año 780, Rabano entró cuando todavía era muy joven en el monasterio: se le añadió el nombre de Mauro en referencia precisamente al joven Mauro, que según el segundo libro de los Diálogos de San Gregorio Magno, había sido entregado, cuando todavía era un niño por sus mismos padres, nobles romanos, al abad Benito de Nursia. Esta introducción precoz de Rabano como "puer oblatus" en el mundo monástico benedictino, y los frutos que sacó para su crecimiento humano, cultural y espiritual abrieron posibilidades interesantísimas no sólo para la vida de los monjes, sino también para toda la sociedad de su tiempo, normalmente llamada "carolingia". Hablando de ellos, o quizá de sí mismo, Rabano Mauro escribe: "Hay algunos que han tenido la suerte de haber sido introducidos en el conocimiento de las Escrituras desde la tierna infancia ('a cunabulis suis') y se han alimentado tan bien de la comida que les ha ofrecido la santa Iglesia que pueden ser promovidos, con la educación adecuada, a las más elevadas órdenes sagradas" (PL 107, col 419BC).

La extraordinaria cultura por la que se distinguía Rabano Mauro llamó muy pronto la atención de los grandes de su tiempo. Se convirtió en consejero de príncipes. Se comprometió para garantizar la unidad del Imperio y, a un nivel cultural más amplio, nunca negó a quien le preguntaba una respuesta ponderada, que se inspiraba preferentemente en la Biblia y en los textos de los santos padres. A pesar de que fue elegido primero abad del famoso monasterio de Fulda y después arzobispo de la ciudad natal, Maguncia, no dejó sus estudios, demostrando con el ejemplo de su vida que se puede estar al mismo tiempo a disposición de los demás, sin privarse por este motivo de un adecuado tiempo de reflexión, estudio y meditación. De este modo, Rabano Mauro se convirtió en exegeta, filósofo, poeta, pastor y hombre de Dios. Las diócesis de Fulda, Maguncia, Limburgo, y Breslavia le veneran como santo o beato. Sus obras llenan seis volúmenes de la "Patrología Latina" de Migne. Probablemente compuso uno de los himnos más bellos y conocidos de la Iglesia latina, el "Veni Creator Spiritus", síntesis extraordinaria de pneumatología cristiana. El primer compromiso teológico de Rabano se expreso, de hecho, en forma de poesía y tuvo como tema el misterio de la santa Cruz en una obra titulada "De laudibus Sanctae Crucis", concebida para proponer no sólo contenidos conceptuales, sino también alicientes exquisitamente artísticos, utilizando tanto la forma poética como la forma pictórica dentro del mismo código manuscrito. Proponiendo iconográficamente entre las líneas de su escrito la imagen de Cristo crucificado, escribe: "Esta es la imagen del Salvador que, con la posición de sus miembros, hace que sea sagrada para nosotros la dulcísima y queridísima forma de la Cruz para que, creyendo en su nombre y obedeciendo a sus mandamientos, podamos obtener la vida eterna gracias a su pasión. Por eso, cada vez que elevamos la mirada a la Cruz, recordamos a Aquél que sufrió por nosotros para arrancarnos del poder de las tinieblas, aceptando la muerte para hacernos herederos de la vida eterna" (Lib. 1, Fig. 1, PL 107 col 151 C).

Este método de armonizar todas las artes, la inteligencia, el corazón y los sentidos, que procedía de Oriente, sería sumamente desarrollado en Occidente, alcanzando cumbres inalcanzables en los códices miniados de la Biblia y en otras obras de fe y de arte, que florecieron en Europa hasta la invención de la prensa e incluso después. En todo caso, demuestra que Rabano Mauro tenía una conciencia extraordinaria de la necesidad de involucrar, en la experiencia de fe, no sólo la mente y el corazón, sino también los sentidos a través de esos otros aspectos del gusto estético y de la sensibilidad humana que llevan al hombre a disfrutar de la verdad con todo su ser, "espíritu, alma y cuerpo".

Esto es importante: la fe no es sólo pensamiento, toca a todo el ser. Dado que Dios se hizo hombre en carne y hueso y entró en el mundo sensible, nosotros tenemos que tratar de encontrar a Dios con todas las dimensiones de nuestro ser. De este modo, la realidad de Dios, a través de la fe, penetra en nuestro ser y lo transforma. Por este motivo, Rabano Mauro concentró su atención sobre todo en la Liturgia, como síntesis de todas las dimensiones de nuestra percepción de la realidad. Esta intuición de Rabano Mauro le hace extraordinariamente actual. Dejó también los famosos "Carmina", propuestos para ser utilizados sobre todo en las celebraciones litúrgicas. De hecho, el interés de Rabano por la liturgia se daba totalmente por sobreentendido dado que ante todo era un monje. Él sin embargo, no se dedicaba al arte de la poesía como fin en sí mismos, sino que utilizaba el arte y cualquier otro tipo de conocimiento para profundizar en la Palabra de Dios. Por ello, trató con el máximo empeño y rigor de introducir a sus contemporáneos, pero sobre todo a los ministros (obispos, presbíteros y diáconos), en la comprensión del significado profundamente teológico y espiritual de todos los elementos de la celebración litúrgica.

De este modo, trató de comprender y presentar a los demás los significados teológicos escondidos en los ritos, recurriendo a la Biblia y a la tradición de los padres. No dudaba en citar, por honestidad y para dar mayor peso a sus explicaciones, las fuentes patrísticas a las que debía su saber. Se servía de ellas con libertad y discernimiento atento, continuando el desarrollo del pensamiento patrístico. Al final de la "Primera Epístola" dirigida a un corepíscopo de la diócesis de Maguncia, por ejemplo, tras haber respondido a peticiones de aclaración sobre el comportamiento que hay que tener en el ejercicio de la responsabilidad pastoral, escribe: "Te hemos escrito todo esto tal y como lo hemos deducido de las Sagradas Escrituras y de los cánones de los padres. Ahora bien, tú, santísimo hombre, toma tus decisiones como mejor te parezca, caso por caso, tratando de moderar tu evaluación de tal manera que se garantice en todo la discreción, pues ella es la madre de todas las virtudes" ("Epistulae", I, PL 112, col 1510 C). De este modo se ve la continuidad de la fe cristiana, que tiene sus inicios en la Palabra de Dios: ésta, sin embargo, siempre está viva, se desarrolla y se expresa de nuevas maneras, siempre en coherencia con toda la construcción, con todo el edificio de la fe.

Dado que la Palabra de Dios es parte integrante de la celebración litúrgica, Rabano Mauro se dedicó a esta última con el máximo empeño durante toda su existencia. Redactó explicaciones exegéticas apropiadas casi para todos los libros bíblicos del Antiguo y del Nuevo Testamento con un objetivo claramente pastoral, que justificaba con palabras como éstas: "He escrito esto... sintetizando explicaciones y propuestas de otros muchos para ofrecer un servicio al pobre lector que no puede tener a disposición muchos libros, pero también para ayudar a quienes en muchos argumentos no logran profundizar en la comprensión de los significados descubiertos por los padres" ("Commentariorum in Matthaeum praefatio", PL 107, col. 727D). De hecho, al comentar los textos bíblicos recurría enormemente a los padres antiguos, con predilección especial por Jerónimo, Ambrosio, Agustín y Gregorio Magno.

Su aguda sensibilidad pastoral le llevó después a afrontar uno de los problemas que más interesaban a los fieles y a los ministros sagrados de su tiempo: el de la Penitencia. Compiló "Penitenciarios" -así los llamaba- en los que, según la sensibilidad de la época se enumeraban los pecados y las penas correspondientes, utilizando en la medida de lo posible motivaciones tomadas de la Biblia, de las decisiones de los concilios, y de los decretos de los papas. De estos textos se sirvieron también los "carolingios" en su intento de reforma de la Iglesia y de la sociedad. A este mismo objetivo pastoral respondían obras como "De disciplina ecclesiastica" y "De institutione clericorum" en los que, citando sobre todo a Agustín, Rabano explicaba a personas sencillas y al clero de su misma diócesis los elementos fundamentales de la fe cristiana: eran una especie de pequeños catecismos.

Quisiera concluir la presentación de este gran "hombre de la Iglesia" citando algunas palabras suyas en las que se refleja su convicción de fondo: "Quien descuida la contemplación, se priva de la visión de la luz de Dios; quien se deja llevar por las preocupaciones y permite que sus pensamientos queden arrollados por el tumulto de las cosas del mundo se condena a la absoluta imposibilidad de penetrar en los secretos del Dios invisible" (Lib. I, PL 112, col. 1263A). Creo que Rabano Mauro nos dirige hoy estas palabras: en el trabajo, con sus ritmos frenéticos, y en las vacaciones, tenemos que reservar momentos para Dios. Abrirle nuestra vida dirigiéndole un pensamiento, una reflexión, una breve oración, y sobre todo no tenemos que olvidar el domingo como el día del Señor, el día de la liturgia, para percibir en la belleza de nuestras iglesias, de la música sacra y de la Palabra de Dios, la belleza misma de Dios, dejándole entrar en nuestro ser. Sólo así nuestra vida se hace grande, se hace vida de verdad.

[Al final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:
Rabano Mauro, nacido en Maguncia en torno al año 780, se le conoce como praeceptor Germaniae por el impulso que dio al pensamiento filosófico, teológico, exegético y espiritual de su tiempo, y por haber contribuido a la conversión al cristianismo de los pueblos limítrofes. Monje desde muy joven, fue abad del Monasterio de Fulda y posteriormente arzobispo de Maguncia. Su extraordinaria cultura le llevó a ser consejero de príncipes y garante de la unidad del imperio, lo cual no le impidió seguir cultivando el estudio, demostrando así que es compatible la entrega a los demás y la dedicación a la reflexión. Es probablemente el autor del famoso himno Veni Creator Spiritus. En sus escritos aparece su amor a la cruz, a la poesía, a la liturgia y a la Palabra de Dios, que comentó a lo largo de su vida basándose en los Santos Padres y con una clara intención pastoral. En ocasiones incluyó ilustraciones en el texto, para que la experiencia de fe abarcara también los sentidos y se abriera paso por la sensibilidad artística. Se preocupó mucho también de la disciplina eclesiástica y de la recta vida del clero.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los miembros del movimiento "Familias en Alianza", así como a los de El Salvador, España, Ecuador, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a que, a ejemplo de Rabano Mauro, las preocupaciones de este mundo nunca los aparten del amor de Dios.

Muchas gracias.

17.7.09

El Papa sufre una fractura de muñeca tras resbalar en el baño

Lo dice en la COPE:

"No se trata de algo grave" y el portavoz vaticano ha insistido en que "no
hay que preocuparse". Su Santidad el Papa, Benedicto XVI ha sido trasladado al
Hospital de Aosta tras resbalarse en el baño de la casa donde descansa. Ha
entrado por su propio pie al centro hospitalario.


El Papa Benedicto XVI ha sido trasladado al Hospital de Aosta, para un
reconocimiento tras resbalar en la casa donde pasa unos días de descanso, en la
región alpina italiana del Valle de Aosta. El Santo Padre ha ingresado
acompañado de su secretario personal. Ha entrado en el hospital por su propio
pie. Le han realizado varias radiografías en la muñeca y en el tobillo y parece
que ha sufrido una fractura de muñeca.Según ha confirmado el portavoz vaticano,
Federico Lombardi, "no se trata de algo grave", y "no hay que preocuparse"

16.7.09

"Su grito se sigue haciendo eco en nuestros corazones"

Mayo 11, 2009

Discurso que Benedicto XVI dirigió en la tarde de este lunes al visitar el memorial de "Yad Vashem", en Jerusalén, en honor de las víctimas del Holocausto.

* * *

"Yo he de darles en mi casa y en mis muros un monumento y un nombre... les daré un nombre que no será borrado, que nunca será cancelado" (Isaías 56, 5).

Este pasaje, tomado del Libro del profeta Isaías, presenta dos frases sencillas que expresan de manera solemne el significado profundo de este lugar venerado: yad, "memorial"; shem, "nombre". He venido aquí para detenerme en silencio ante este monumento, erigido para honrar la memoria de los millones de judíos asesinados en la horrenda tragedia de la Shoá. Perdieron la vida, pero no perderán nunca sus nombres: están indeleblemente grabados en los corazones de sus seres queridos, de sus compañeros de prisión, y de quienes están decididos a no permitir nunca que un horror así pueda volver a deshonrar a la humanidad. Sus nombres, en particular y sobre todo, están grabados para siempre en la memoria de Dios Omnipotente.

Uno puede despojar al vecino de sus posesiones, de las oportunidades o de la libertad..., se puede tejer una insidiosa red de mentiras para convencer a los demás de que ciertos grupos no merecen respeto. Y, sin embargo, por más que se esfuerce, nunca se puede quitar el nombre de otro ser humano.

La Sagrada Escritura nos enseña la importancia del nombre cuando se le confía a una persona una misión única o un don especial. Dios llamó a Abram "Abraham", pues debía convertirse en "el padre de muchos pueblos" (Génesis 17, 5). Jacob fue llamado "Israel", pues había "sido fuerte contra Dios y contra los hombres" y había vencido (Cf. Génesis 32,29). Los nombres custodiados en este venerado monumento tendrán para siempre un lugar sagrado entre los innumerables descendientes de Abraham. Como le sucedió a él, también su fe fue probada. Al igual que le sucedió a Jacob, también ellos quedaron sumergidos en la lucha entre el bien y el mal, mientras luchaban por discernir los designios del Omnipotente. ¡Que los nombres de estas víctimas no perezcan nunca! ¡Que sus sufrimientos nunca sean negados, disminuidos u olvidados! ¡Y que toda persona de buena voluntad vigile para desarraigar del corazón del hombre todo lo que sea capaz de llevar a tragedias semejantes!

La Iglesia católica, comprometida en las enseñanzas de Jesús y decidida a imitar el amor por toda persona, siente profunda compasión por las víctimas aquí recordadas. Del mismo modo, está junto a quienes sufren persecuciones a causa de la raza, el color, la condición de vida, o la religión. Sus sufrimientos son los suyos y suya es su esperanza de justicia. Como obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro confirmo, como mis sucesores, el compromiso de la Iglesia de rezar y actuar sin descanso para asegurar que el odio no reine nunca más en el corazón de los hombres. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es el Dios de la paz (Cf. Salmo 85, 9).

Las Escrituras enseñan que tenemos el deber de recordar al mundo que este Dios está vivo, aunque en ocasiones nos resulte difícil comprender sus caminos misteriosos e inescrutables. Él se reveló a sí mismo y sigue actuando en la historia humana. Sólo Él gobierna al mundo con equidad y juzga con justicia a todo pueblo (Cf. Salmo 9, 9).

Al detener la mirada en los rostros reflejados en el espejo del estanque que yace en silencio en este memorial, no podemos dejar de recordar que cada uno de ellos tiene un nombre. Sólo puedo imaginar la alegre expectativa de sus padres, mientras esperaban con ansia el nacimiento de sus niños. ¿Qué nombre daremos a este hijo? ¿Qué será de él o de ella? ¿Quién hubiera podido imaginar que serían condenados a un destino tan deplorable?

Mientras estamos aquí, en silencio, su grito sigue haciendo eco en nuestros corazones. Es un grito que se eleva contra todo acto de injusticia y de violencia. Es una condena perenne de todo derramamiento de sangre inocente. Es el grito de Abel, que se eleva desde la tierra hacia el Omnipotente. Al profesar nuestra inquebrantable confianza en Dios, damos voz a ese grito con las palabras del Libro de las Lamentaciones, tan lleno de significado tanto para judíos como para cristianos.

"El amor del Señor no se ha acabado, ni se ha agotado su ternura;
cada mañana se renuevan: ¡grande es tu lealtad!
'¡Mi porción es el Señor, dice mi alma, por eso en él espero!'.
Bueno es el Señor con el que en él espera, con el alma que le busca.
Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor (3, 22-26).

Queridos amigos, estoy profundamente agradecido tanto a Dios como a vosotros por la oportunidad que se me ha dado de recogerme aquí, en silencio: un silencio para recordar, un silencio para esperar.

“Debe hacerse todo esfuerzo para combatir el antisemitismo”

Mayo 11, 2009 editado 160709


Texto completo del discurso del Papa a su llegada desde Amman (Jordania), esta mañana a las 11 horas (hora local) al aeropuerto Ben Gurion, donde fue recibido por el Presidente de Israel, Shimon Peres, por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, por las autoridades civiles y políticas y los obispos de Tierra Santa.

* * *

Señor presidente,
Señor primer ministro,
excelencias, señoras y señores,

gracias por vuestra calurosa acogida en el Estado de Israel, en esta tierra que es considerada santa por millones de creyentes en todo el mundo. Estoy agradecido al presidente, el señor Shimon Peres, por sus amables palabras y aprecio la oportunidad que se me ofrece de realizar esta peregrinación a una tierra hecha santa por las huellas de patriarcas y profetas, una tierra a la que los cristianos tienen una particular veneración como lugar de los acontecimientos de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Tomo mi lugar en una larga fila de peregrinos cristianos a estos lugares, una fila que se remonta en el tiempo hasta los primeros siglos de la historia cristiana y que, estoy seguro, seguirá prolongándose en el futuro. Como muchos otros antes que yo, vengo para rezar en los lugares santos, a rezar de forma especial por la paz - paz aquí en Tierra Santa y paz en todo el mundo.

Señor presidente, la Santa Sede y el Estado de Israel comparten muchos valores, el primero entre ellos el compromiso de reservar a la religión su legítimo lugar en la vida de la sociedad. El justo orden de las relaciones sociales presupone y exige el respeto por la libertad y la dignidad de todo ser humano, que cristianos, musulmanes y judíos creen igualmente creado por un Dios amoroso y destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona humana es negada o marginada, se pone en peligro el fundamento mismo de una correcta comprensión de los derechos humanos inalienables.

Trágicamente, el pueblo judío ha experimentado las terribles consecuencia de ideologías que niegan la dignidad de toda persona humana. Es justo y conveniente que, durante mi permanencia en Israel, yo tenga la oportunidad de honrar la memoria de los seis millones de judíos víctimas de la Shoá, y de rezar para que la humanidad no tenga que ser nunca más testigo de un crimen de una enormidad semejante. Desafortunadamente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Esto es totalmente inaceptable. Debe hacerse todo esfuerzo para combatir el antisemitismo allí donde se encuentre, y para promover el respeto y la estima hacia los pertenecientes a todo pueblo, raza, lengua y nación en todo el mundo.

Durante mi permanencia en Jerusalén, tendré también el placer de encontrar muchos líderes religiosos distintos de este país. Una cosa que las tres grandes religiones monoteístas tienen en común es una especial veneración por esta Ciudad Santa. Es mi ferviente esperanza que todos los peregrinos a los santos lugares tengan la posibilidad de acceder a ellos libremente y sin restricciones, de tomar parte en ceremonias religiosas y de promover el digno mantenimiento de los edificios de culto colocados en los espacios sagrados. Que puedan cumplirse las palabras de la profecía de Isaías, según el cual muchas naciones afluirán al monte de la Casa del Señor, para que Él les enseñe sus caminos y éstos puedan caminar por sus senderos, senderos de paz y de justicia, senderos que llevan a la reconciliación y a la armonía (cfr Isaías 2,2-5).

Aunque el nombre de Jerusalén significa "ciudad de la paz", es del todo evidente que durante décadas la paz ha eludido trágicamente a los habitantes de esta tierra santa. Los ojos del mundo están sobre los pueblos de esta región, mientras éstos luchan por llegar a una solución justa y duradera de los conflictos que han causado tanto sufrimiento. Las esperanzas de innumerables hombres, mujeres y niños por un futuro más seguro y estable dependen del éxito de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos. En unión con todos los hombres de buena voluntad, suplico a cuantos están investidos de responsabilidad que exploren toda vía posible para la búsqueda de una solución justa a las enormes dificultades, para que ambos pueblos puedan vivir en paz en una patria que sea la suya, dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas. Al respecto, espero y rezo para que pronto se pueda crear un clima de mayor confianza, que haga a las partes capaces de realizar progresos reales en el camino hacia la paz y la estabilidad.

A los obispos y a los fieles católicos hoy aquí presentes les dirijo una especial palabra de saludo. En esta tierra donde Pedro recibió la tarea de apacentar a las ovejas del Señor, llego como sucesor de Pedro para realizar mi ministerio en medio de vosotros. Será mi especial alegría unime a vosotros para concluir las celebraciones del Año de la Familia, que tendrán lugar en Nazaret, patria de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Como dije en mi mensaje para la Jornada Mundial de la Paz,. La familia es "la primera e indispensable maestra de paz" (n. 3), y por tanto tiene un papel vital que llevar a cabo para sanar las divisiones presentes en la sociedad humana en todos los niveles. A las comunidades cristianas de Tierra Santa digo: a través de vuestro fiel testimonio de Aquel que predicó el perdón y la reconciliación, a través de vuestro compromiso en defender la sacralidad de toda vida humana, podéis ofrecer una contribución particular para que acaben las hostilidades que durante tanto tiempo han afligido a esta tierra. Rezo para que vuestra continua presencia en Israel y en los Territorios Palestinos traigan mucho fruto de cara a promover la paz y el respeto recíproco entre todas las gentes que viven en las tierras de la Biblia.

Señor Presidente, Señoras y Señores, una vez más os agradezco por vuestra acogida y os aseguro mis sentimientos de buena voluntad. ¡Que Dios de fuerza a su pueblo! ¡Que Dios bendiga a su pueblo con la paz!

15.7.09

La paz requiere la conversión de todos


Discurso que Benedicto XVI pronunció durante la visita de cortesía al presidente de Israel, Shimon Peres, en el palacio presidencial.


* * *

Señor presidente,
excelencias,
señoras y señores:

Como amable acto de hospitalidad, el presidente Peres nos ha acogido aquí, en su residencia, ofreciéndome la posibilidad de saludaros a todos y de compartir, al mismo tiempo, con ustedes alguna breve consideración. Señor presidente, le agradezco por la cortés acogida y por sus cálidas palabras de saludo, que de corazón le devuelvo. Agradezco también a los músicos que nos han entretenido con su elegante ejecución.

Señor presidente, en el mensaje de felicitación que le envié con motivo de su toma de posesión, había recordado con placer su ilustre testimonio en el servicio público marcado por un fuerte empeño en perseguir la justicia y la paz. Hoy deseo asegurarle a usted junto al primer ministro Netanyahu y a su Gobierno apenas formado, como también a todos los habitantes del Estado de Israel, que mi peregrinación a los Lugares Santos es una peregrinación de oración en favor del don precioso de la unidad y de la paz para Oriente Medio y para toda la Humanidad. En realidad cada día rezo para que la paz que nace de la justicia vuelva a Tierra Santa y a toda la región, trayendo la seguridad y la esperanza renovada para todos.

La paz es ante todo un don divino. La paz de hecho es la promesa del Omnipotente a todo el género humano y custodia la unidad. El el libro del profeta Jeremías leemos: "Bien me sé los pensamientos que pienso sobre vosotros -oráculo del Señor- pensamientos de paz y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza" (29,11). El profeta nos recuerda la promesa del Omnipotente que "se dejará encontrar", que "escuchará", que "nos reunirá". Pero hay también una condición: debemos "buscarlo" y "buscarlo con todo el corazón" (cfr ibid. 12-14).

A los líderes religiosos hoy presentes quisiera decirles que la contribución particular de las religiones en la búsqueda de la paz se funda primariamente sobre la búsqueda apasionada y concorde de Dios. Nuestra es la tarea de proclamar y testimoniar que el Omnipotente está presente y se puede conocer aun cuando aparece escondido a nuestra vista, que Él actúa en nuestro mundo para nuestro bien, y que el futuro de la sociedad está marcado por la esperanza cuando vibra en armonía con el orden divino.

Es la presencia dinámica de Dios la que reúne a los corazones y asegura la unidad. De hecho, el fundamento único de la unidad entre las personas está en la perfecta unicidad y universalidad de Dios, que ha creado al hombre y la mujer a su propia imagen y semejanza para conducirnos dentro de su vida divina, para que todos puedan ser una sola cosa.

Por tanto, los líderes religiosos deben ser conscientes de que cualquier división o tensión, toda tendencia a la introversión o a la sospecha entre los creyentes o entre nuestras comunidades puede fácilmente conducir a una contradicción que oscurece la unicidad del Omnipotente, traiciona nuestra unidad y contradice al Único que se revela a sí mismo como "rico en amor y fidelidad" (Éxodo 34, 6; Salmo 138,2; Salmo 85, 11).

Queridos amigos, Jerusalén, que desde hace largo tiempo ha sido un cruce de caminos para pueblos de origen diverso, es una ciudad que permite a judíos, cristianos y musulmanes tanto asumir su deber como gozar del privilegio de dar juntos testimonio de la convivencia pacífica deseada durante largo tiempo por los adoradores del único Dios; de revelar el plan del Omnipotente, anunciado a Abraham, de la unidad de la familia humana; y de proclamar la verdadera naturaleza del hombre como buscador de Dios. Empeñémonos por tanto en asegurar que, mediante el amaestramiento y la guía de nuestras respectivas comunidades, les sostendremos en ser fieles a lo que en verdad son como creyentes, siempre conscientes de la infinita bondad de Dios, de la dignidad inviolable de cada ser humano y de la unidad de la entera familia humana.

La Sagrada Escritura nos ofrece también su comprensión de la seguridad. En hebreo, seguridad - batah - deriva de confianza, y no se refiere sólo a la falta de amenazas sino a ese sentimiento de calma y de confianza. En el libro del profeta Isaías leemos sobre un tiempo de bendición divina: "Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros espíritu. Se hará la estepa un v vergel, y el vergel será considerado como selva. Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua" (32, 15-17). Seguridad, integridad, justicia y paz: en el designio de Dios para el mundo éstas son inseparables. Lejos de ser simplemente el producto del esfuerzo humano, éstas son valores que proceden de la relación fundamental del Dios con el hombre, y residen como patrimonio común en el corazón de todo individuo.

Sólo hay un camino para proteger y promover estos valores: ¡ejercitarlos! ¡vivirlos! Ningún individuo, ninguna familia, ninguna comunidad o nación está exenta del deber de vivir en la justicia y de trabajar por la paz. Naturalmente, se espera que los líderes civiles y políticos aseguren una justa y adecuada seguridad al pueblo para cuyo servicio han sido elegidos.

Este objetivo forma una parte de la justa promoción de los valores comunes a la humanidad y por tanto no pueden enfrentarse con la unidad de la familia humana. Los valores y los fines auténticos de una sociedad, que siempre tutelan la dignidad humana, son indivisibles, universales e interdependientes (cfr Discurso a las Naciones Unidas, 18 de abril de 2008). No se pueden por tanto realizar cuando caen presa de intereses particulares o de políticas fragmentarias. El verdadero interés de una nación siempre se sirve persiguiendo la justicia para todos.

Gentiles señoras y señores, una seguridad duradera es cuestión de confianza, alimentada en la justicia y en la integridad, fraguada por la conversión de los corazones que nos obliga a mirar al otro a los ojos y que sabe reconocer al "Tu" como un igual a mí, un hermano, una hermana. De esta forma ¿no se convertiría quizás la misma sociedad en "un jardín colmado de frutos" (cfr Isaías 32,15), que no esté marcado por bloqueos y obstrucciones sino por la cohesión y la armonía? ¿No podría convertirse en una comunidad de nobles aspiraciones, donde a todos con agrado se les da acceso a la educación, a la vivienda familiar, a la posibilidad de empleo, una sociedad dispuesta a edificar sobre los fundamentos duraderos de la esperanza?

Para concluir, deseo dirigirme a las familias de esta ciudad, de esta tierra. ¿Qué padres querrían la violencia, ña inseguridad o la división para su hijo o para su hija? ¿Qué objetivo político humano puede conseguirse a través de los conflictos y las violencias? Oigo el grito de cuantos viven en este país y piden justicia, paz, respeto por su dignidad, seguridad estable, una vida cotidiana libre del miedo de amenazas externas y de violencia insensata. Sé que un número considerable de hombres, mujeres y jóvenes están trabajando por la paz y la solidaridad a través de programas culturales e iniciativas de apoyo, práctico y compasivo; suficientemente humildes para perdonar, tienen el valor de aferrarse al sueño que es su derecho.

Señor presidente, le agradezco por la cortesía que me ha demostrado y le aseguro una vez más mis oraciones por el Gobierno y por todos los ciudadanos de este Estado. Que la auténtica conversión del corazón de todos pueda conducir a un empeño más decidido por la paz y la seguridad a través de la justicia para cada uno.
¡Shalom!

14.7.09

Discurso del Papa en el Gran Rabinado de Jerusalén

Mayo 11, 2009


Discurso que pronunció Benedicto XVI en la mañana de este martes en el Centro "Hechal Shlomo", sede del Gran Rabinado de Jerusalén, tras haber visitado el Muro de las Lamentaciones.

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Distinguidos rabinos,
queridos amigos:

Doy las gracias por la invitación para visitar Hechal Shlomo y reunirme con ustedes durante este viaje a Tierra Santa como obispo de Roma. Agradezco al rabino sefardí Shlomo Amar y al rabino askenazi Yona Metzger sus cálidas palabras de bienvenida y el deseo expresado de continuar fortaleciendo los vínculos de amistad que la Iglesia católica y el Gran Rabinado se han forjado diligentemente en las últimas décadas. Vuestras visitas al Vaticano, en 2003 y 2005, son un signo de la buena voluntad que caracteriza el desarrollo de nuestras relaciones.

Distinguidos rabinos, correspondo expresando mi propio respeto y estima por vosotros y vuestras comunidades. Os garantizo mi deseo de profundizar en el entendimiento mutuo y en la cooperación entre la Santa Sede, el Gran Rabinado de Israel y el pueblo judío en todo el mundo.

Desde el inicio de mi pontificado ha sido para mí un motivo de satisfacción el fruto producido por el diálogo que tiene lugar entre la delegación de la comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los judíos y la delegación del Gran Rabinado de Israel para las Relaciones con la Iglesia católica. Deseo agradecer a los miembros de ambas delegaciones su dedicación y el duro trabajo para implementar esta iniciativa, tan deseada por mi venerado predecesor, el papa Juan Pablo II, como él mismo afirmó en el Gran Jubileo del año 2000.

Nuestro encuentro de hoy es una ocasión muy apropiada para agradecer al Omnipotente las muchas bendiciones que han acompañado el diálogo conducido por la comisión bilateral, y para mirar con esperanza a sus futuras sesiones. La buena voluntad de los delegados para discutir abierta y pacientemente no sólo los puntos de acuerdo, sino también los puntos de discordancia, ha allanado el camino para lograr una colaboración más efectiva en la vida pública. Judíos y cristianos están preocupados por asegurar el respeto por la sacralidad de la vida humana, la centralidad de la familia, una profunda educación de los jóvenes, la libertad de religión y de conciencia para una sociedad sana. Estos temas de diálogo no representan más que la fase inicial de lo que esperamos sea un sólido y progresivo camino hacia una mejor comprensión recíproca.

Una indicación de las posibilidades de esta serie de encuentros se ha visto ya en nuestra preocupación compartida frente al relativismo moral y a las ofensas que produce contra la dignidad de la persona humana. Al afrontar las cuestiones éticas más urgentes de nuestros días, nuestras dos comunidades se encuentran ante el desafío de comprometer a las personas de buena voluntad con el nivel de la razón, presentando al ismo tiempo los fundamentos religiosos que sostienen de la mejor manera los perennes valores morales. Que el diálogo iniciado continúe generando ideas sobre cómo es posible que cristianos y judíos puedan trabajar juntos para elevar la consideración de la sociedad por las contribuciones características de nuestras tradiciones religiosas y éticas. Aquí, en Israel, los cristianos, dado que constituyen solamente una pequeña parte de la población total, valoran de modo particular las oportunidades de diálogo con sus vecinos judíos.

La confianza es, innegablemente, un elemento esencial para un diálogo efectivo. Hoy tengo la oportunidad de repetir que la Iglesia católica está irrevocablemente comprometida en el camino escogido por el Concilio Vaticano II para una auténtica y duradera reconciliación entre cristianos y judíos. Como ha aclarado la declaración Nostra Aetate, la Iglesia sigue valorando el patrimonio espiritual común de cristianos y judíos, y desea una comprensión mutua cada vez más profunda y el respeto a través de los estudios bíblicos y teológicos, así como a través de los diálogos fraternos. ¡Que los siete encuentros de la comisión bilateral que ya han tenido lugar entre la Santa Sede y el Gran Rabinado sean una prueba de ello! Expreso mi reconocimiento por vuestra afirmación recíproca de que la amistad entre la Iglesia católica y el Gran Rabinado seguirá creciendo en el respeto y comprensión en el futuro.

Amigos, expreso una vez más mi profundo aprecio por la bienvenida que me habéis dirigido hoy. Confío ne que que nuestra amistad siga sirviendo de ejemplo de confianza en el diálogo para los judíos y cristianos de todo el mundo. Al ver los resultados alcanzados hasta ahora, e inspirándonos en las Sagradas Escrituras, podemos esperar con confianza en una cooperación cada vez más intensa entre nuestras comunidades -junto con todas las personas de buena voluntad- para condenar el odio y la opresión en todo el mundo. Pido a Dios, que escruta nuestros corazones y conoce nuestros pensamientos (Salmo 139, 23), que siga iluminándonos con su sabiduría, y así podamos seguir sus mandamientos de amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Deuteronomio 6,5) y de amar al prójimo como a nosotros mismos (Lv 19,18). ¡Gracias!

Discurso del Papa en la catedral greco-melquita de San Jorge en Ammán

Mayo 9, 2009


Discurso que pronunció Benedicto XVI en la catedral greco-melquita de San Jorge, en Ammán, con motivo de la celebración de las vísperas junto a los sacerdotes, los religiosos, y las religiosas, los seminaristas y los miembros de movimientos eclesiales, en las que participó en la tarde de este sábado.

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Queridos hermanos y hermanas:

Es una gran alegría para mí celebrar las vísperas con vosotros en esta tarde en la catedral greco-melquita de San Jorge. Saludo cordialmente a Su Beatitud Gregorios III Laham, patriarca greco-melquita, que se nos ha unido desde Damasco; al arzobispo emérito Georges El-Murr; y a su excelencia Yaser Ayyach, arzobispo de Petra y Filadelfia; a quienes agradezco por sus gentiles palabras de bienvenida a las que con gusto correspondo con sentimientos de respeto. Saludo también a los jefes de las demás Iglesias católicas presentes en Oriente --maronita, sira, armenia, caldea y latina-- al igual que al arzobispo Benediktos Tsikoras de la Iglesia greco-ortodoxa. A todos vosotros, así como a los sacerdotes, a las religiosas y a los religiosos, a los seminaristas y a los fieles laicos aquí reunidos esta tarde, expreso mi sincero agradecimiento por haberme ofrecido esta oportunidad de rezar con vosotros y de experimentar algo de la riqueza de vuestras tradiciones litúrgicas.

La Iglesia misma es un pueblo peregrino; como tal, a través de los siglos, ha estado marcado por acontecimientos históricos determinantes y por penetrantes vicisitudes culturales. Por desgracia, entre algunas de éstas se han dado períodos de disputas teológicas o de represión. Sin embargo, ha habido momentos de reconciliación, que han fortificado maravillosamente la comunión en la Iglesia, y tiempos de fecundo renacimiento cultural al que han contribuido decisivamente los cristianos orientales. Las Iglesias particulares dentro de la Iglesia universal testimonian el dinamismo de su camino terreno y manifiestan a todos los fieles el tesoro de tradiciones espirituales, litúrgicas y eclesiásticas que indican la bondad universal de Dios y su voluntad, manifestada en toda la historia, de atraer a todos hacia su vida divina.

El antiguo tesoro viviente de las tradiciones de las iglesias orientales enriquece a la Iglesia universal y no debe ser entendido nunca como un simple objeto que hay que custodiar pasivamente. Todos los cristianos están llamados a responder activamente al mandato de Dios -- como lo hizo dramáticamente san Jorge, según la narración popular-- para llevar a los demás a conocerle y amarle. En realidad, las vicisitudes de la historia han fortalecido a los miembros de las Iglesias particulares para afrontar esta tarea con energía y para comprometerse decididamente con las realidades pastorales actuales. Entre vosotros, la mayor parte tiene lazos con el Patriarcado de Antioquía, y de este modo vuestras comunidades están bien arraigadas aquí, en Oriente Próximo. Y así, como hace dos mil años en Antioquía los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos, del mismo modo también hoy, como pequeñas minorías en comunidad diseminadas por estas tierras, también vosotros sois reconocidos como seguidores del Señor. La pública manifestación de vuestra fe cristiana no queda ciertamente reducida a la solicitud espiritual que tenéis los unos por los otros y por vuestra gente, por más esencial que sea. Por el contrario, vuestras numerosas iniciativas de caridad universal se extienden a todos los jordanos, musulmanes y de otras religiones, y también al gran número de refugiados que este reino acoge tan generosamente.

Queridos hermanos y hermanas: el primer Salmo (103) que hemos rezado esta tarde nos presenta gloriosas imágenes de Dios, Creador generoso, activamente presente en su creación, que sostiene la vida con gran bondad y orden sabio, siempre dispuesto a renovar la faz de la tierra. El pasaje de la epístola, que acabamos de escuchar, presenta sin embargo un panorama diferente. Nos advierte de manera amenazadora pero realista ante la exigencia de vigilar y ser conscientes de las fuerzas del mal que actúan para crear oscuridad en nuestro mundo (Cf. Efesios 6, 10-20). Algunos quizá sentirán la tentación de pensar que se da una contradicción; pero reflexionando sobre nuestra experiencia ordinaria humana reconocemos la lucha espiritual, advertimos la necesidad diaria de entrar en la luz de Cristo, de escoger la vida, de buscar la verdad. De hecho, este ritmo -sustraernos al mal y rodearnos con la fuerza de Dios- es lo que celebramos en cada Bautismo: la entrada en la vida cristiana, el primer paso a través de la senda de los discípulos del Señor. Al recordar el bautismo que Cristo recibió de Juan en las aguas del Jordán, la comunidad reza para que quien va a recibir el Bautismo sea liberad del reino de la oscuridad y llevado al esplendor del reino de la luz de Dios, y de este modo reciba el don de la nueva vida.

Este movimiento dinámico de la muerte a la novedad de la vida, de las tinieblas a la luz, de la desesperación a la esperanza, que experimentamos de manera tan dramática durante el Triduo que se celebra con gran alegría en el período pascual, nos asegura que la misma Iglesia sigue siendo joven. Vive porque Cristo está vivo, verdaderamente ha resucitado. Vivificada por la presencia del Espíritu, avanza cada día llevando a los hombres y las mujeres al Dios viviente.

Queridos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosos, queridos fieles laicos, nuestros respectivos papeles de servicio y misión dentro de la Iglesia son la respuesta incansable de un pueblo peregrino. Vuestras liturgias, la disciplina eclesiástica y el patrimonio espiritual son un testimonio vivo de vuestra tradición. Amplificáis el eco de la primera proclamación del Evangelio, reaviváis los antiguos recuerdos de las obras de Dios, hacéis presentes sus gracias de salvación y difundís de nuevo el primer rayo de la luz pascual y el crepitar de las llamas de Pentecostés.

De este modo, imitando a Cristo y a los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento, partimos para conducir al pueblo del desierto hacia el lugar de la vida, hacia el Dios que nos da la vida en abundancia. Esto caracteriza a todas vuestras labores apostólicas, cuya variedad y calidad son muy apreciadas. Desde los asilos de niños hasta los centros de educación superior, desde los orfanatos hasta las casas de ancianos, desde el trabajo con los refugiados hasta la academia de música, las clínicas médicas y los hospitales, el diálogo interreligioso y las iniciativas culturales, vuestra presencia en esta sociedad es un signo maravilloso de la esperanza que nos califica como cristianos.

Esta esperanza llega mucho más allá de las fronteras de nuestras comunidades cristianas. De este modo descubrís con frecuencia que las familias de otras religiones, para las que trabajáis y ofrecéis vuestro servicio de caridad universal, tienen preocupaciones y dificultades que superan los confines culturales y religiosos. Esto se experimenta particularmente en lo que se refiere a las esperanzas y las aspiraciones de los padres para sus niños. ¿Qué padre o persona de buena voluntad no se sentiría turbado ante los influjos negativos tan penetrantes de nuestro mundo globalizado, incluidos los elementos destructivos de la industria de la diversión que con tanta insensibilidad se sirven de la inocencia y la fragilidad de la persona vulnerable y del joven? Sin embargo, con vuestros ojos fijos en Cristo, la luz que dispersa todo mal, restablece la inocencia perdida, y humilla el orgullo terreno, ofreceréis una magnífica visión de esperanza a todos los que encontráis y servís.

Deseo concluir con una palabra especial de aliento a los presentes, que se están formando para el sacerdocio y la vida religiosa. Guiados por la luz del Señor resucitado, encendidos por su esperanza y revestidos de su verdad y amor, vuestro testimonio traerá abundantes bendiciones a quienes encontraréis en vuestro camino. Esto mismo se aplica a todos los jóvenes cristianos jordanos: no tengáis miedo de dar vuestra contribución sabia, acompasada y respetuosa a la vida pública del reino. ¡La voz auténtica de la fe siempre traerá integridad, justicia, compasión y paz!

Queridos amigos: con sentimientos de gran respeto por todos vosotros aquí reunidos conmigo en esta tarde de oración, os doy de nuevo las gracias por vuestras oraciones y por mi ministerio como sucesor de Pedro y aseguro a cuantos están encomendados a vuestra atención pastoral un recuerdo en mi oración diaria.

13.7.09

Jordania, un país que respeta la libertad religiosa

Mayo 8, 2009

Discurso pronunciado hoy por el Papa a su llegada al aeropuerto Reina Alia de Ammán, ante los Reyes de Jordania, Abdalá II bin al-Hussein y Rania, y ante las autoridades civiles y políticas del país, los miembros de la Familia Real, el Cuerpo Diplomático y los obispos de Tierra Santa.

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Majestades,
excelencias,
queridos hermanos obispos,
queridos amigos:

Os saludo con alegría a todos vosotros aquí presentes, mientras inicio mi primera visita a Oriente Medio desde mi elección a la Sede Apostólica, y estoy contento de poner los pies en el suelo del Reino Hachemita de Jordania, una tierra tan rica en historia, patria de tan numerosas civilizaciones antiguas, y profundamente llena de significado religioso para judíos, cristianos y musulmanes. Agradezco a Su Majestad el rey Abdalá II por sus corteses palabras de bienvenida y le dirijo mis particulares felicitaciones en este año que marca el décimo aniversario de su subida al trono. Al saludar a Su Majestad, extiendo de corazón mis mejores augurios a todos los miembros de la Familia real y del Gobierno, y a todo el pueblo del Reino. Saludo a los obispos aquí presentes, especialmente a aquellos con responsabilidades pastorales en Jordania. Me dispongo con alegría a celebrar la liturgia en la Catedral de San Jorge mañana por la noche y en el Estadio Internacional el domingo junto a vosotros, queridos obispos, y con tan numerosos fieles confiados a vuestro cuidado pastoral.

He venido a Jordania como peregrino para venerar los lugares santos que han tenido una tan importante parte en algunos de los acontecimientos clave de la historia bíblica. Sobre el Monte Nebo, Moisés condujo a su gente para echar una mirada a la tierra que se convertiría en su casa, y aquí murió y fue sepultado. En Betania más allá del Jordán, Juan Bautista predicó y dio testimonio de Jesús, a quien él mismo bautizó en las aguas del río que da el nombre a esta tierra. En los próximos días visitaré ambos lugares santos y tendré la alegría de bendecir las primeras piedras de las iglesias que serán construidas sobre el lugar tradicional del Bautismo del Señor. La posibilidad de que la comunidad católica de Jordania pueda edificar lugares públicos de culto es un signo del respeto de este país por la religión y en nombre de los católicos deseo expresar cuánto aprecio esta apertura. La libertad religiosa es ciertamente un derecho humano fundamental y es una ferviente esperanza y oración mías que el respeto de los derechos inalienables y de la dignidad de todo hombre y mujer llegue a ser cada vez más afirmado y difundido, no sólo en Oriente Medio sino en todas partes del mundo.

Mi visita a Jordania me ofrece la grata oportunidad de expresar mi profundo respeto por la comunidad musulmana y de rendir homenaje al papel de quía que lleva a cabo Su Majestad el Rey al promover una mejor comprensión de las virtudes proclamadas por el Islam. Ahora que han pasado algunos años desde la publicación del Mensaje de Ammán y del Mensaje Interreligioso de Amman, podemos decir que estas nobles iniciativas han obtenido buenos resultados al favorecer una alianza de civilizaciones entre el mundo occidental y el musulmán, desmintiendo las predicciones de aquellos que consideran inevitables la violencia y el conflicto. En efecto, el reino de Jordania está desde hace tiempo en primera línea en las iniciativas dirigidas a promover la paz en Oriente Medio y en el mundo, alentando el diálogo interreligioso, apoyando los esfuerzos para encontrar una solución justa al conflicto palestino-israelí, acogiendo los refugiados del vecino Iraq, e intentando frenar el extremismo. No puedo dejar pasar esta oportunidad sin traer a la mente los esfuerzos de vanguardia en favor de la paz en la región hechos por el anterior rey Huseín. Como parece oportuno que mi encuentro de mañana con los líderes religiosos musulmanes, el cuerpo diplomático y los rectores de la Universidad tenga lugar en la mezquita que lleva su nombre. Que su empeño por la solución de los conflictos de la región pueda seguir dando fruto en el esfuerzo por promover una paz duradera y una verdadera justicia para todos aquellos que viven en Oriente Medio.

Queridos amigos, en el Seminario celebrado en Roma el pasado otoño en el Foro Católico-Musulmán, los participantes examinaron el papel central llevado a cabo, en nuestras respectivas tradiciones religiosas, por el mandamiento del amor. Espero vivamente que esta visita y en realidad todas las iniciativas programadas para promover buenas relaciones entre cristianos y musulmanes, puedan ayudar a crecer en el amor hacia el Dios Omnipotente y Misericordioso, como también en el amor fraterno mutuo. Gracias por vuestra acogida. Gracias por vuestra cortesía. ¡Que Dios conceda a sus Majestades felicidad y larga vida! ¡Que Él bendiga a Jordania con la prosperidad y la paz!


9.7.09

Discurso de Benedicto XVI a jóvenes discapacitados

Mayo 8, 2009


Discurso que dirigió Benedicto XVI en la tarde de este viernes al visitar el Centro Nuestra Señora de la Paz, en Ammán, que atiende, ofrece formación y ayuda a la reinserción de jóvenes que experimentan discapacidades, tanto físicas como mentales.

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Beatitudes,
excelencias,
queridos amigos:

Estoy muy contento de estar aquí, con vosotros, y de saludaros a cada uno de vosotros, así como a los miembros de vuestras familias, allí donde estén. Doy las gracias a Su Beatitud el Patriarca Fouad Twal por las gentiles palabras de saludo y de manera especial deseo destacar la presencia entre nosotros del obispo Selim Sayegh, cuyos proyectos y trabajo para este centro, junto a los de Su Beatitud el patriarca emérito Michel Sabbah, hoy son honrados con la bendición de las ampliaciones que acaban de concluir. Deseo también saludar con gran afecto a los miembros del Comité Central, a las Hermanas Combonianas, y al personal laico comprometido, incluidos aquellos que trabajan en las diferentes áreas y unidades comunitarias del Centro. La estima por vuestra notable competencia profesional, la atención compasiva y la promoción decidida del debido puesto en la sociedad de quienes tienen necesidades especiales son bien conocidas aquí y en todo el reino. Doy las gracias a los jóvenes presentes por su bienvenida conmovedora. Es una gran alegría para mí estar aquí con vosotros.

Como sabéis, mi visita al Centro Nuestra Señora de la Paz, aquí, en Ammán, es la primera etapa de mi peregrinación. Como miles de innumerables miles de peregrinos antes que yo, ahora me toca satisfacer ese profundo deseo de tocar, de encontrar apoyo en los lugares en los que vivió Jesús y que fueron santificados por su presencia, y de venerarlos. Desde los tiempos apostólicos, Jerusalén ha sido el principal lugar de peregrinación para los cristianos, pero antes todavía, en el antiguo Oriente Próximo, los pueblos semitas edificaron lugares sagrados para indicar y conmemorar una presencia o una acción divina. Y la gente común solía acudir a estos centros llevando una parte de los frutos de su tierra y de su ganado para ofrecerlos como acto de homenaje y gratitud.

Queridos amigos: cada uno de nosotros es un peregrino. Todos estamos orientados a avanzar decididamente por el camino de Dios. Naturalmente, después tendemos a volver a atrás la mirada, hacia el recorrido de la vida --en ocasiones con arrepentimientos y recriminaciones, con frecuencia con gratitud y aprecio--, pero de todos modos seguimos adelante, a veces con trepidación y ansia, siempre con expectativa y esperanza, sabiendo que hay otros que nos alientan en el camino. Sé que los viajes que habéis recorrido muchos de vosotros hacia el Centro Reina de la Paz han estado marcados por el sufrimiento y las pruebas. Algunos de vosotros luchan valientemente con formas de invalidez, otros han soportado el rechazo, y algunos de vosotros han sido atraídos por este lugar de paz simplemente para buscar aliento y apoyo. Sé lo importante que es para este centro sensibilizar sobre el puesto que corresponde a los inválidos en la sociedad y asegurar que se ofrezcan los medios adecuados para facilitar su válida integración. ¡Por esta amplitud de miras y determinación, todos vosotros merecéis elogio y aliento!

A veces es difícil encontrar una razón para aquello que se nos presenta sólo como un obstáculo que superar o como una prueba -física o emotiva- que soportar. Pero la fe y la razón nos ayudan a ver un horizonte más allá de nosotros para imaginar la vida como Dios la quiere. El amor incondicional de Dios, que da la vida a cada individuo, tiene un significado y un objetivo para cada vida humana. Su amor salva (Cf. Juan 12,32). Como lo profesan los cristianos, a través de la Cruz, Jesús nos introduce en la vida eterna y de este modo nos indica el camino hacia el futuro, el camino de la esperanza que guía cada paso que damos a través del camino, de manera que también nosotros nos convertimos en difusores de esta esperanza y caridad para los demás.

Amigos, a diferencia de los peregrinos de otra época yo no traigo regalos u ofertas. Vengo sencillamente con una intención y una esperanza: rezar por el precioso regalo de la unidad y de la paz, más concretamente por Oriente Medio. La paz para los individuos, para los padres y los hijos, para las comunidades, paz para Jerusalén, para Tierra Santa, para la región, para toda la familia humana; la paz duradera engendrada por la justicia, la integridad y la compasión, que brota de la humildad, del perdón y del deseo profundo de vivir en armonía como una realidad única
La oración es esperanza en acción. Y, de hecho, la verdadera razón queda contenida en la oración: entramos en contacto amoroso con el único Dios, el creador universal, y de este modo nos damos cuenta de la futilidad de las divisiones y los prejuicios humanos y advertimos las posibilidades maravillosas que se abren ante nosotros cuando nuestros corazones se convierten a la verdad de Dios, a su proyecto para cada uno de nosotros y para nuestro mundo.

Queridos jóvenes amigos: deseo deciros a vosotros, en particular, que al estar entre vosotros siento al fuerza que procede de Dios. Vuestra experiencia del dolor, vuestro testimonio en favor de la compasión, vuestra determinación para superar los obstáculos que encontráis me empujan a creer que los sufrimientos pueden determinar un cambio a mejor. En nuestras pruebas personales y estando al lado de los demás en sus sufrimientos nos hacemos, de alguna forma, más humanos. Y empezamos a aprender que, en otro nivel, también los corazones endurecidos por el cinismo o la injusticia o por la reluctancia a perdonar no están nunca fuera del alcance del radio de acción de Dios y pueden abrirse siempre a un nuevo modo de ser, a una visión de paz.

Os exhorto a todos a rezar cada día por nuestro mundo. Y hoy quiero pediros que asumáis una tarea especifica: rezad, por favor, por mí, cada día de mi peregrinación; por mi renovación espiritual en el Señor y por la conversión de los corazones a la manera de perdonar y de manifestar la solidaridad que es propia de Dios, de manera que mi experiencia, nuestra experiencia, por la unidad y la paz en el mundo traiga abundantes frutos.

Que Dios os bendiga a cada uno de vosotros y a vuestras familias, a los maestros, los enfermeros, los administradores y los bienhechores de este Centro. Que Nuestra Señora Reina de la Paz os proteja y guíe a través de la peregrinación del su Hijo, el Buen Pastor.

8.7.09

Cáritas in veritate: Benedicto XVI nueva carta encíclica

CARTA ENCÍCLICA CARITAS IN VERITATE DE BENEDICTO XVI

Caritas in veritate en formato doc para Word:

BXVI.Caritas In Veritate.doc

Caritas in veritate. Benedicto XVI. Formato DOC (373 KiB)

Caritas in veritate en formato pdb para Isilo:

BXVI.Caritas In Veritate.pdb

Caritas in veritate. Benedicto XVI. Formato pdb de Isilo (88.86 KiB)

Textos :www.vatican.va

Del Sumo Pontífice Benedicto XVI a los obispos a los presbíteros y diáconos a las personas consagradas a todos los fieles laicos y a todos los hombres de buena voluntad sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad

ÍNDICE:

Introducción
Capítulo primero: el mensaje de la Populorum Progressio
Capítulo segundo: el desarrollo humano en nuestro tiempo
Capítulo tercero: fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil
Capítulo cuarto: desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente
Capítulo quinto: la colaboración de la familia humana
Capítulo sexto: el desarrollo de los pueblos y la técnica
Conclusión

INTRODUCCIÓN

1. La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22). Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad. Ésta «goza con la verdad» (1 Co 13,6). Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn 14,6).

2. La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. [...] Sigue en los archivos adjuntos.

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"Caritas in veritate"

Carta encíclica escrita por Benedicto XVI sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, firmada el pasado 29 de junio San Pedro y San Pablo y distribuida este martes por la Santa Sede.

07 de julio de 2009

INTRODUCCIÓN

1. La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor -«caritas»- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22). Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad. Ésta «goza con la verdad» (1 Co 13,6). Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn 14,6).

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7.7.09

Benedicto XVI presenta la figura de

Mayo 6, 2009

Texto de la catequesis pronunciada hoy por el Papa Benedicto XVI ante los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro para la audiencia general en la que presentó la figura de san Juan Damasceno

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Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera hablar hoy de Juan Damasceno, un personaje de primera categoría en la historia de la teología bizantina, un gran doctor en la historia de la Iglesia universal. Es sobre todo un testigo ocular del paso de la cultura griega y siriaca, compartida en la parte oriental del Imperio bizantino, a la cultura del Islam, que se hizo espacio con sus conquistas militares en el territorio reconocido habitualmente como Medio o Próximo Oriente. Juan, nacido en una rica familia cristiana, aún joven asumió el cargo -quizás ostentado también por su padre- de responsable económico del califato. Bien pronto, sin embargo, insatisfecho de la vida de la corte, maduró la elección monástica, entrando en el monasterio de San Sabas, cerca de Jerusalén. Era alrededor del año 700. No alejándose nunca del monasterio, se dedicó con todas sus fuerzas a la ascesis y a la actividad literaria, sin desdeñar una cierta actividad pastoral, de la que dan testimonio sobre todo sus numerosas Homilías. Su memoria litúrgica se celebra el 4 de diciembre. El papa León XIII lo proclamó Doctor de la Iglesia universal en 1890.

De él se recuerdan en Oriente sobre todo los tres Discursos contra quienes calumnian las imágenes santas, que fueron condenados, tras su muerte, por el Concilio iconoclasta de Hieria (754). Estos discursos, sin embargo, fueron el motivo principal de su rehabilitación y canonización por parte de los Padres ortodoxos convocados en el II Concilio de Nicea (787), séptimo ecuménico. En estos textos es posible encontrar los primeros intentos teológicos importantes de legitimación de la veneración de las imágenes sagradas, uniendo a éstas al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María.

Juan Damasceno fue también uno de los primeros en distinguir entre el culto público y privado de los cristianos, entre la adoración (latreia) y la veneración (proskynesis): la primera sólo puede dirigirse a Dios, sumamente espiritual, la segunda en cambio puede utilizar una imagen para dirigirse a aquel que es representado por ella. Obviamente, el Santo no puede en ningún caso ser identificado con la materia de la que está compuesto el icono. Esta distinción se reveló en seguida muy importante para responder de modo cristiano a aquellos que pretendían como universal y perenne la observancia de la severa prohibición del Antiguo Testamento sobre la utilización cultual de las imágenes. Esta era la gran discusión también en el mundo islámico, que acepta esta tradición hebrea de la exclusión total de las imágenes en el culto. En cambio los cristianos, en este contexto, han discutido el problema y encontrado la justificación para la veneración de las imágenes. Damasceno escribía: "En otros tiempos Dios no había sido representado nunca en imagen, siendo incorpóreo y sin rostro. Pero dado que ahora Dios ha sido visto en la carne y ha vivido entre los hombres, yo represento lo que es visible en Dios. Yo no venero la materia, sino al creador de la materia, que se ha hecho materia por mí y se ha dignado habitar en la materia y obrar mi salvación a través de la materia. Nunca cesaré por ello de venerar la materia a través de la cual me ha llegado la salvación. ¡Pero no la venero en absoluto como Dios! ¿Cómo podría ser Dios aquello que ha recibido la existencia a partir del no ser?... Sino que yo venero y respeto también todo el resto de la materia que me ha procurado la salvación, en cuanto que está llena de energías y de gracias santas. ¿No es quizás materia el madero de la cruz tres veces bendita?... ¿Y la tinta y el libro santísimo de los Evangelios no son materia? ¿El altar salvífico que nos dispensa el pan de vida no es materia?... Y antes que nada, ¿no son materia la carne y la sangre de mi Señor? O se debe suprimir el carácter sagrado de todo esto, o se debe conceder a la tradición de la Iglesia la veneración de las imágenes de Dios y la de los amigos de Dios que son santificados por el nombre que llevan, y que por esta razón están habitados por la gracia del Espíritu Santo. No se ofenda por tanto a la materia: ésta no es despreciable, porque nada de lo que Dios ha hecho es despreciable" (Contra imaginum calumniatores, I, 16, ed. Kotter, pp. 89-90). Vemos que, a causa de la encarnación, la materia aparece como divinizada, es vista como morada de Dios. Se trata de una nueva visión del mundo y de las realidades materiales. Dios se ha hecho carne y la carne se ha convertido realmente en morada de Dios, cuya gloria resplandece en el rostro humano de Cristo. Por tanto, las invitaciones del Doctor oriental son aún hoy de extrema actualidad, considerando la grandísima dignidad que la materia ha recibido en la Encarnación, pudiendo llegar a ser, en la fe, signo y sacramento eficaz del encuentro del hombre con Dios. Juan Damasceno es, por tanto, un testigo privilegiado del culto de los iconos, que llegará a ser uno de los aspectos más distintivos de la teología y de la espiritualidad oriental hasta hoy. Y sin embargo es una forma de culto que pertenece simplemente a la fe cristiana, a la fe en ese Dios que se ha hecho carne y que se ha hecho visible. La enseñanza de san Juan Damasceno se inserta así en la tradición de la Iglesia universal, cuya doctrina sacramental prevé que elementos materiales tomados de la naturaleza puedan convertirse a través de la gracia en virtud de la invocación (epiclesis) del Espíritu Santo, acompañada por la confesión de la fe verdadera.

En unión con estas ideas de fondo Juan Damasceno pone también la veneración de las reliquias de los santos, sobre la base de la convicción de que los santos cristianos, habiendo sido hechos partícipes de la resurrección de Cristo, no pueden ser considerados simplemente como 'muertos'. Enumerando, por ejemplo, aquellos cuyas reliquias o imágenes son dignas de veneración, Juan precisa en su tercer discurso en defensa de las imágenes: "Ante todo (veneramos) a aquellos entre quienes Dios ha descansado, él único santo que mora entre los santos (cfr Is 57,15), como la santa Madre de Dios y todos los santos. Estos son aquellos que, en cuanto es posible, se han hecho semejantes a Dios con su voluntad y por la inhabitación y la ayuda de Dios, son llamados realmente dioses (cfr Sal 82,6), no por naturaleza, sino por contingencia, así como el hierro al rojo es llamado fuego, no por naturaleza sino por sontingencia y por participación del fuego. Dice de hecho: Seréis santos porque yo soy santo" (Lv 19,2)" (III, 33, col. 1352 A). Tras una serie de referencias de este tipo, Damasceno podía deducir serenamente, por tanto: "Dios, que es bueno y superior a toda bondad, no se contentó con la contemplación de sí mismo, sino que quiso que hubiera seres beneficiados por él que pudieran llegar a ser partícipes de su bondad: por ello creó de la nada todas las cosas, visibles e invisibles, incluido el hombre, realidad visible e invisible. Y lo creó pensando y realizándolo como un ser capaz de pensamiento (ennoema ergon) enriquecido por la palabra (logo[i] sympleroumenon) y orientado hacia el espíritu (pneumati teleioumenon)" (II, 2, PG 94, col. 865A). Y para aclarar ulteriormente este pensamiento, añade: "Es necesario dejarse llenar de estupor (thaumazein) por todas las obras de la providencia (tes pronoias erga), alabarlas todas y aceptarlas todas, superando la tentación de señalar en ellas aspectos que a muchos parecen injustos o inicuos (adika), y admitiendo en cambio que el proyecto de Dios (pronoia) va más allá de la capacidad cognoscitiva y comprensiva (agnoston kai akatalepton) del hombre, mientras que al contrario sólo Él conoce nuestros pensamientos, nuestras acciones e incluso nuestro futuro" (II, 29, PG 94, col. 964C). Ya Platón, por otro lado, decía que toda filosofía comienza con el estupor: también nuestra fe comienza con el estupor de la creación, de la belleza de Dios que se hace visible.

El optimismo de la contemplación natural (physikè theoria), de este ver en la creación visible lo bueno, lo bello y lo verdadero, este optimismo cristiano no es un optimismo ingenuo: tiene en cuenta la herida infligida a la naturaleza humana por una libertad de elección querida por Dios y utilizada inapropiadamente por el hombre, con todas las consecuencias de desarmonía difundida que han derivado de ella. De ahí la exigencia, percibida claramente por el teólogo de Damasco, de que la naturaleza en la que se refleja la bondad y la belleza de Dios, herida por nuestra culpa, "fuese reforzada y renovada" por el descendimiento del Hijo de Dios en la carne, después de que de muchas formas y en diversas ocasiones Dios mismo hubiera intentado demostrar que había creado al hombre para que estuviera no solo en el "ser", sino en el "ser bien" (cfr La fede ortodossa, II, 1, PG 94, col. 981°). Con arrebato apasionado Juan explica: "Era necesario que la naturaleza fuese reforzada y renovada y fuese indicada y enseñada concretamente la vía de la virtud (didachthenai aretes hodòn), que aleja de la corrupción y conduce a la vida eterna... Apareció así en el horizonte de la historia en gran mar del amor de Dios por el hombre (philanthropias pelagos)..." Es una bella expresión. Vemos, por una parte, la belleza de la creación y por otra, la destrucción causada por la culpa humana. Pero vemos en el Hijo de Dios, que desciende para renovar la naturaleza, el mar del amor de Dios por el hombre. Continua Juan Damasceno: "Él mismo, el Creador y el Señor, luchó por su criatura trasmitiéndole con su ejemplo su enseñanza... Y así el Hijo de Dios, aún subsistiendo en la forma de Dios, descendió los cielos y bajó... hacia sus siervos.... realizando la cosa más nueva de todas, la única cosa verdaderamente nueva bajo el sol, a través de la cual se manifestó de hecho la infinita potencia de Dios" (III, 1. PG 94, col. 981C-984B).

Podemos imaginar el consuelo y la alegría que difundían en el corazón de los fieles estas palabras ricas de imágenes tan fascinantes. Las escuchamos también nosotros, hoy, compartiendo los mismos sentimientos de los cristianos de entonces: Dios quiere descansar en nosotros, quiere renovar la naturaleza también a través de nuestra conversión, quiere hacernos partícipes de su divinidad. Que el Señor nos ayude a hacer estas palabras sustancia de nuestra vida.

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:
San Juan Damasceno, figura importante en la teología bizantina, fue, sobre todo, testigo ocular del tránsito de la cultura cristiana griega y siria, característica de la parte oriental del Imperio bizantino, al mundo islámico, que se abría paso a través de conquistas militares en el territorio que hoy se conoce como Medio y Cercano Oriente. San Juan Damasceno nació en una rica familia cristiana y, siendo joven, se ocupó de las finanzas del califato. No satisfecho de ese tipo de vida, en torno al año setecientos, ingresó en el monasterio de San Saba, cerca de Jerusalén. Allí se dedicó con todas sus fuerzas a la ascesis y a la literatura, así como a la actividad pastoral, como se puede ver por las numerosas homilías que conservamos de él. El Papa León Trece lo proclamó doctor de la Iglesia universal en mil ochocientos noventa. San Juan Damasceno es recordado, entre otras cosas, por sus tres discursos contra los que calumnian las santas imágenes, en los que aparecen los primeros intentos de legitimar la veneración de las imágenes sagradas, vinculándolas con el misterio de la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María. Insistió también en su magisterio en la veneración de las reliquias de los santos.
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los participantes en el vigésimo segundo curso de actualización sacerdotal organizado por el Pontificio Colegio Español de San José de Roma, así como a los demás grupos procedentes de España, México, Ecuador, Argentina y otros países latinoamericanos. Que, animados por la intercesión y la presencia alentadora de los santos, demos testimonio del Evangelio de palabra y con la propia vida. Muchas gracias.

Mensaje del Papa a las poblaciones jordanas, israelíes y palestinas

Mayo 6, 2009


Mensaje que dirigió Benedicto XVI este miércoles al final de la audiencia general concedida en la plaza de San Pedro a las poblaciones jordanas, israelíes y palestinas en vísperas de su peregrinación apostólica a Tierra Santa.


[En italiano]
Como sabéis, pasado mañana viajaré a Tierra Santa. Por este motivo, dirijo ahora un mensaje especial a las poblaciones jordanas, israelíes y palestinas.

[En inglés]

Mis queridos amigos: este viernes dejaré Roma para emprender mi visita apostólica a Jordania, Israel y los Territorios Palestinos. Quisiera aprovechar en esta mañana esta oportunidad a través de las estaciones de radio y televisión para saludar a todos los pueblos de esas tierras. Estoy deseando estar con vosotros y compartir vuestras aspiraciones y esperanzas, así como vuestras penas y dificultades. Llegaré como peregrino de paz. Mi primera intención es visitar los lugares santificados por la vida de Jesús y rezar en ellos por el don de la paz y la unidad para vuestras familias y para aquellos que tienen su casa en Tierra Santa y en Oriente Medio. Entre los numerosos encuentros religiosos y cívicos que tendrán lugar en el curso de la semana, habrá reuniones con representantes de las comunidades musulmanas y judías que han dado grandes pasos en el diálogo y en el intercambio cultural. De manera especial, saludo de todo corazón a los católicos de la región y os pido que os unáis conmigo en la oración para que la visita dé mucho fruto para la vida espiritual y cívica de todos los que viven en Tierra Santa. Que todos alabemos a Dios por su bondad. Que todos nosotros seamos personas de esperanza. Que todos nos mantengamos firmes en nuestro deseo y esfuerzos por la paz.

6.7.09

Los derechos humanos, punto de encuentro entre la Iglesia y el mundo

Mayo 4, 2009


Discurso completo que el Papa ha dirigido hoy a los participantes de la decimoquinta reunión Plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, a quienes ha recibido hoy en audiencia en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico.


* * *

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
distinguidas señoras y señores:

Con motivo de vuestra reunión para la decimoquinta sesión plenaria de la Academia Pontificia para las Ciencias Sociales, estoy contento de tener esta ocasión para encontraros y expresaros mi aliento hacia su misión de exponer y fomentar la Doctrina Social de la Iglesia en las áreas de las leyes, la economía, la política y las demás ciencias sociales. Agradezco a la profesora Mary Ann Glendon sus amables palabras de saludo, os aseguro mis oraciones para que el fruto de vuestras deliberaciones siga atestiguando la validez duradera de la enseñanza social católica en un mundo rápidamente cambiante.

Tras estudiar el trabajo, la democracia, la globalización, la solidaridad y la subsidiariedad en relación con la doctrina social de la Iglesia, vuestra Academia ha elegido volver a la cuestión central de la dignidad de la persona humana y los derechos humanos, un punto de encuentro entre la Doctrina de la Iglesia y la sociedad contemporánea.

Las grandes religiones y filosofías del mundo han iluminado varios aspectos de estos derechos humanos, que están concisamente expresados en "la regla de oro" que encontramos en el Evangelio: "Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente" (Lucas 6,31; cf. Mt 7,12). La Iglesia siempre ha afirmado que los derechos fundamentales, por encima y más allá de las diferentes formas en que han sido formulados y los diferentes grados de importancia que hayan tenido en los diversos contextos culturales, deben ser mantenidos y concedido el reconocimiento universal porque son inherentes a la naturaleza misma del hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Si todos los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, comparten en consecuencia una naturaleza común que los une y que reclama el respeto universal. La Iglesia, asimilando la enseñanza de Cristo, considera a la persona como "lo más digno de la naturaleza" (S. Tomás de Aquino, De potentia, 9, 3) y ha enseñado que el orden ético y político que gobierna las relaciones entre las personas encuentra su origen en la propia estructura del ser humano. El descubrimiento de América y el consiguiente debate antropológico en los siglos XVI y XVII llevaron a Europa a una mayor conciencia sobre los derechos humanos como tal, y de su universalidad (ius gentium). La época moderna ayudó a dar forma a la idea de que el mensaje de Cristo -porque éste proclama que Dios ama a todo hombre y mujer y que todo ser humano está llamado a amar a Dios libremente- demuestra que todos, independientemente de su condición social y cultural, por naturaleza merece la libertad. Al mismo tiempo, debemos recordar siempre que "la libertad misma necesita ser liberada. Es Cristo quien la hace libre" (Veritatis Splendor, 86).

A mitad del siglo pasado, tras el gran sufrimiento causado por las dos terribles guerras mundiales y por los indecibles crímenes perpetrados por las ideologías totalitarias, la comunidad internacional adoptó un nuevo sistema de leyes internacionales basado en los derechos humanos. En éste, parece haber actuado en conformidad con el mensaje que mi predecesor Benedicto XV proclamó cuando llamó a los beligerantes en la Primera Guerra Mundial a "transformar la fuerza material de las armas en fuerza moral de la ley" ("Mensaje a los líderes de los Pueblos Beligerantes", 1 de agosto de 1917).

Los Derechos Humanos se convirtieron en el punto de referencia de un ethos universal compartido - por lo menos a nivel de aspiración- para la mayor parte de la humanidad. Estos derechos han sido ratificados por prácticamente todos los Estados del mundo. El Concilio Vaticano II, en la Declaración Dignitatis Humanae, así como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, se refirieron fuertemente al derecho a la vida y al derechos de libertad de conciencia y religión como el centro de esos derechos que brotan de la propia naturaleza humana.

Estrictamente hablando, estos derechos humanos no son verdades de fe, a pesar de que pueden descubrirse - e incluso iluminarse plenamente - en el mensaje de Cristo que "revela el hombre al propio hombre" (Gaudium et Spes, 22). Éstos reciben una confirmación ulterior desde la fe. Con todo, está claro a la razón que, viviendo y actuando en el mundo físico como seres espirituales, hombres y mujeres perciben la presencia de un logos que les permite distinguir no sólo entre lo verdadero y lo falso, sino también entre el bien y el mal, entre lo mejor y lo peor, entre la justicia y la injusticia. Esta capacidad de discernir -esta actuación radical- hace a toda persona capaz de aprehender la "ley natural", que no es otra cosa que una participación en la ley eterna: "unde...lex naturalis nihil aliud est quam participatio legis aeternae in rationali creatura" (S. Tomás Aquino, ST I-II, 91, 2). La ley natural es una guía universal reconocible por todos, sobre la base de que todo el mundo puede comprender y amar recíprocamente a los demás. Los Derechos Humanos, por tanto, están en última instancia enraizados en una participación de Dios, que ha creado a cada ser humano con inteligencia y libertad. Si esta sólida base ética y política se ignora, los derechos humanos se debilitan ya que han sido privados de sus fundamentos.

La acción de la Iglesia en la promoción de los derechos humanos se apoya por tanto en la reflexión racional, como una forma en que estos derechos pueden ser presentados a toda persona de buena voluntad, independientemente de la afiliación religiosa que pueda tener. Sin embargo, como he observado en mis encíclicas, por un lado, la razón humana debe ser constantemente purificada por la fe, en la medida en que está siempre en peligro de una cierta ceguera ética causada por las pasiones desordenadas y el pecado; y, por otra parte, en la medida en que los derechos humanos necesitan ser reapropiados de nuevo por cada generación y por cada individuo, y en la medida en que la libertad humana - que progresa a traés de la sucesión de elecciones libres- siempre es frágil, la persona humana necesita el amor y la esperanza incondicionales que sólo pueden encontrarse en Dios y que llevan a participar en la justicia y la generosidad de Dios a los demás (cf. Deus Caritas Est, 18, y Spe Salvi, 24).

Esta perspectiva dirige la atención hacia uno de los más críticos problemas sociales de las décadas recientes, como es la conciencia creciente -que ha surgido en parte con la globalización y a presente crisis económica- de un flagrante contraste entre la atribución equitativa de los derechos y el acceso desigual a los medios para lograr esos derechos. Para los cristianos que con regularidad pedimos a Dios que "nos de el pan de cada día", es una tragedia vergonzosa que una quinta parte de la humanidad pase hambre. Asegurar una adecuada aportación de alimento, así como la protección de recursos vitales como el agua y la energía, requiere que todos los líderes internacionales colaboren mostrando su disposición a trabajar de buena fe, respetar la ley natural y promover la solidaridad y la subsidiariedad con las regiones y pueblos más débiles del planeta, como estrategia más eficaz para eliminar las desigualdades sociales entre países y sociedades y para aumentar seguridad global.

Queridos amigos, queridos académicos, al exhortaros, en vuestras investigaciones y deliberaciones, a ser testigos creíbles y consistentes de la defensa y de la promoción de estos derechos humanos no negociables que están fundados en la ley divina, os imparto de buena voluntad mi Bendición Apostólica.

3.7.09

Benedicto XVI, las vocaciones y su peregrinación a Tierra Santa

Mayo 3, 2009

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 3 de mayo de 2009 (ZENIT.org).-
Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI este domingo desde la ventana de su estudio antes y después de rezar la oración mariana del Regina Coeli, junto a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.


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Queridos hermanos y hermanas:

Acaba de concluir, en la Basílica de San Pedro, la celebración eucarística en la que he consagrado a diecinueve nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma. Una vez más he escogido este domingo, el cuarto de Pascua, para este feliz acontecimiento, pues se caracteriza por el Evangelio del Buen Pastor (Cf. Juan 10, 1-18) y ofrece un contexto particularmente adecuado. Por este motivo se celebra hoy la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En mi mensaje anual con esta ocasión, he invitado a reflexionar sobre el tema: "La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana". De hecho, la confianza en el Señor, que continuamente llama a la santidad y a algunos en particular a una especial consagración, se expresa precisamente en la oración. Tanto personalmente como en comunidad, tenemos que rezar mucho por las vocaciones, para que la grandeza y la belleza del amor de Dios atraiga a muchos a seguir a Cristo por el camino del sacerdocio y de la vida consagrada. Es necesario además rezar para que haya también esposos santos, capaces de indicar a los hijos, sobre todo con el ejemplo, los horizontes hacia los cuales tender con su libertad. Los santos y las santas que la Iglesia propone a la veneración de todos los fieles testimonian el fruto maduro de esta unión entre la llamada divina y la respuesta humana. Encomendemos a su celeste intercesión nuestra oración por las vocaciones.

Hay otra intención por la que hoy os invito a rezar: el viaje a Tierra Santa que realizaré, si Dios quiere, del próximo viernes 8 de mayo al viernes 15. Siguiendo las huellas de mis venerados predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, peregrinaré a los principales santos lugares de nuestra fe. Con mi visita, me propongo confirmar y alentar a los cristianos de Tierra Santa, que tienen que afrontar cotidianamente muchas dificultades. Como sucesor del apóstol Pedro, les manifestaré la cercanía y el apoyo de todo el cuerpo de la Iglesia. Además, seré peregrino de paz, en el nombre del único Dios, que es Padre de todos. Testimoniaré el compromiso de la Iglesia católica a favor de cuantos se esfuerzan por practicar el diálogo y la reconciliación, para llegar a una paz estable y duradera en la justicia y el respeto recíproco. Por último, este viaje tendrá necesariamente una notable importancia ecuménica e interreligiosa. Jerusalén es, desde este punto de vista, la ciudad símbolo por excelencia: en ella Cristo murió para reunir a todos los hijos de Dios dispersos (Cf. Juan 11,52).

Dirigiéndonos ahora a la Virgen María, invoquémosla como Madre del Buen Pastor para que vele sobre los nuevos presbíteros de la diócesis de Roma y para que en todo el mundo florezcan numerosas y santas vocaciones de especial consagración al Reino de Dios.

[Tras la oración mariana el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Saludo con afecto a los fieles de lengua española que participan en esta oración mariana, en particular a los peregrinos de la Archidiócesis de Granada y de la Diócesis de Vic. Deseo expresar mi cercanía y asegurar mi oración por las víctimas de la influenza que está afectando a México y a otros países. Queridos hermanos mexicanos, manteneos firmes en el Señor, Él os ayudará a superar esta dificultad. Os invito a orar en familia en estos momentos de prueba. Nuestra Señora de Guadalupe os asista y proteja siempre. Muchas gracias y feliz domingo.

2.7.09

El dolor del apóstol: "ver que Dios no es conocido"

Mayo 3, 2009

Homilía que pronunció Benedicto XVI este domingo durante la misa presidida en la Basílica de San Pedro en la que ordenó sacerdotes a diecinueve diáconos de la diócesis de Roma.

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Queridos hermanos y hermanas:

Según una hermosa costumbre, el Domingo del Buen Pastor reúne al obispo de Roma con su presbiterio con motivo de las ordenaciones de los nuevos sacerdotes de la diócesis. Cada vez es un gran don de Dios; ¡es su gracia! Despertemos en nosotros un profundo sentimiento de fe y reconocimiento al vivir esta celebración. En este clima, saludo con gusto al cardenal vicario Agostino Vallini, a los obispos auxiliares, a los demás hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, y con especial cariño a vosotros, queridos diáconos, candidatos al presbiterado, junto con vuestros familiares y amigos. La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece abundantes puntos de reflexión: recogeré algunos para que pueda arrojar una luz indeleble en el camino de vuestra vida y sobre vuestro ministerio.

"Jesús es la piedra... No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hechos 4, 11-12). En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, la primera lectura, impresiona y hace reflexionar por esta singular "homonimia" entre Pedro y Jesús: Pedro, quien ha recibido su nuevo nombre del mismo Jesús, afirma aquí que es Él, Jesús, "la piedra". En efecto, la única auténtica roca es Jesús. El único nombre que salva es el suyo. El apóstol, y por lo tanto el sacerdote, recibe el propio 'nombre', es decir la propia identidad, de Cristo. Todo lo que hace, lo hace en su nombre. Su 'yo' se hace totalmente relativo al 'yo' de Jesús. En el nombre de Cristo, y no en su propio nombre, el apóstol puede realizar gestos de curación de los hermanos, puede ayudar a los "enfermos" a levantarse y a reanudar el camino (Cf. Hechos 4, 10). En el caso de Pedro, el milagro, poco antes realizado, hace que esto sea evidente. También la referencia a lo que dice el Salmo es esencial: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (Salmo 117 [118], 22). Jesús ha sido "desechado", pero el Padre ha colocado a su predilecto como cimiento del templo de la Nueva Alianza. Así el apóstol, como el sacerdote, experimenta a su vez la cruz, y sólo mediante ella se hace verdaderamente útil para la construcción de la Iglesia. A Dios le gusta construir su Iglesia con personas que, siguiendo a Jesús, ponen toda su confianza en Dios, como dice el mismo Salmo: "Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes" (versículos 8-9).

Al discípulo le toca la misma suerte que al Maestro, que en última instancia es la suerte inscrita en la voluntad misma de Dios Padre. Jesús lo confesó al final de su vida, en la gran oración llamada "sacerdotal": "Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido" (Juan 17, 25). Precedentemente había afirmado: "Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo" (Mateo 11, 27). Jesús experimentó sobre sí el rechazo de Dios por parte del mundo, la incomprensión, la indiferencia, la desfiguración del rostro de Dios. Y Jesús ha pasado el "testigo" a los discípulos: "Yo --sigue diciendo en la oración al Padre-- les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Juan 17,26).

Por ello el discípulo, y especialmente el apóstol, experimenta el mismo gozo de Jesús al conocer el nombre y el rostro del Padre; y comparte también su mismo dolor al ver que Dios no es conocido, que su amor no es intercambiado. Por una parte exclamamos, como Juan en su primera Carta: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!"; y por otra parte, con amargura, constatamos: "El mundo no nos conoce porque no le conoció a él" (1 Juan 3,1). Es verdad, y nosotros, los sacerdotes, lo sabemos por experiencia: el "mundo", en la acepción de Juan, no comprende al cristiano, no comprende a los ministros del Evangelio. En parte, porque de hecho no conoce a Dios; y en parte, porque no quiere conocerlo. El mundo no quiere conocer a Dios y escuchar a sus ministros, pues esto lo pondría en crisis.

En esto, hay que prestar atención a una realidad de hecho: este "mundo", entendido siempre en el sentido evangélico, insidia también a la Iglesia, contagiando a sus miembros y a los mismos ministros ordenados. El "mundo" es una mentalidad, una manera de pensar y de vivir que puede contaminar incluso a la Iglesia, y de hecho la contamina, y por tanto exige constante vigilancia y purificación. Hasta que Dios no se manifieste plenamente, sus hijos no son todavía plenamente "semejantes a Él" (1 Juan 3, 2). Estamos "en" el mundo, y corremos también el riesgo de ser "del" mundo. Y, de hecho, a veces lo somos. Por este motivo, Jesús al final no rezó por el mundo sino por sus discípulos para que el Padre los cuidara del maligno y ellos fueran libres y diferentes al mundo, a pesar de vivir en el mundo (Cf. Juan 17, 9. 15). En ese momento, al final de la Última Cena, Jesús elevó al Padre la oración de consagración por los apóstoles y por todos los sacerdotes de todos los tiempos, cuando dijo: "Santifícalos en la verdad" (Juan 17, 17). Y añadió: "por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad" (Juan 17, 19). Me detuve a meditar en estas palabras de Jesús en la homilía de la Misa Crismal, el pasado Jueves Santo. Hoy me vuelvo a unirme a esa reflexión haciendo referencia al Evangelio del Buen Pastor, en el que Jesús declara: "Yo doy mi vida por las ovejas" (Cf. Juan 10, 15.17.18).

Ser sacerdotes, en la Iglesia, significa entrar en esta auto-donación de Cristo, mediante el Sacramento del Orden, y hacerlo con todo nuestro ser. Jesús dio la vida por todos, pero de manera particular se consagró por aquellos que el Padre le había dado, para que fueran consagrados en la verdad, es decir en Él, y pudieran hablar y actuar en su nombre, representarlo, prolongar sus gestos salvíficos: partir el Pan de la vida y perdonar los pecados. De este modo, el Buen Pastor entregó su vida por las ovejas, pero la entregó y la entrega de manera especial a las que Él mismo ha llamado "con afecto de predilección" a seguirle por el camino del servicio pastoral. De manera particular, además, Jesús rezó por Simón Pedro y se sacrificó por él, pues un día debía decirle a orillas del lago Tiberíades: "Apacienta mis ovejas" (Juan 21,16-17). De manera análoga, cada sacerdote es destinatario de una oración personal de Cristo y de su mismo sacrificio, y sólo por ello está capacitado a colaborar con Él en el apacentamiento del grey que sólo pertenece al Señor.

Aquí quisiera tocar un punto que llevo particularmente en el corazón: la oración y su relación con el sacrificio. Hemos visto que ser ordenados sacerdotes significa entrar de manera sacramental y existencial en la oración de Cristo por los “suyos”. De aquí deriva para nosotros presbíteros una particular vocación a la oración, en un sentido intensamente cristocéntrico: estamos llamados a “permanecer” en Cristo, como le gusta repetir el evangelista Juan (Cf. Juan 1, 35-39; 15, 4-10), y esto se realiza particularmente en la oración. Nuestro ministerio está totalmente ligado a este "permanecer", que es lo mismo que rezar, y de ahí deriva su eficacia. Desde esta perspectiva, tenemos que pensar en las diferentes formas de oración de un sacerdote: ante todo, en la santa misa cotidiana. La celebración eucarística es el acto de oración más grande y más alto y constituye el centro y la fuente de la cual también las demás formas de oración reciben la "savia": la liturgia de las horas, la adoración eucarística, la lectio divina, el santo Rosario, la meditación. Todas estas expresiones de oración, que tienen su centro en la Eucaristía, permiten que en la jornada del sacerdote, y en toda su vida, se realice la palabra de Jesús: "Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas" (Juan 10, 14-15). De hecho, este conocer y ser conocidos en Cristo y, a por Él, en la Santísima Trinidad, no es más que la realidad más auténtica y profunda de la oración. El sacerdote que reza mucho y reza bien, va quedando progresivamente despojado de sí mismo y queda cada vez más unido a Jesús, Buen Pastor y Siervo de los hermanos. En conformidad con él, también el sacerdote "da la vida" por las ovejas que le han sido encomendadas. Nadie se la quita: la ofrece por sí mismo, en unión con Cristo Señor, quien tiene el poder de dar su vida y el poder de retomarla no sólo para sí sino también para sus amigos, ligados a Él por el sacramento del Orden. De este modo, la misma vida de Cristo, Cordero y Pastor, es comunicada a toda la grey, a través de los ministros consagrados.

Queridos diáconos: que el Espíritu Santo imprima esta divina Palabra, que he comentado brevemente, en vuestros corazones, para que dé frutos abundantes y duraderos. Lo pedimos por intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de san Juan María Vianney, el Cura de Ars, bajo cuyo patrocinio he puesto el próximo Año Sacerdotal. Que os lo conceda la Madre del Buen Pastor, María Santísima. En toda circunstancia de la vida dirigid hacia ella la mirada, estrella de vuestro sacerdocio. Como a los siervos en las bodas de Caná, María también os repite: "Haced lo que Él os diga" (Juan 2, 5). Escuchando a la Virgen, sed siempre hombres de oración y de servicio para convertiros, con el ejercicio fiel de vuestro ministerio, en sacerdotes santos, según el corazón de Dios.

¿Un Papa de derechas?

Estaréis contentos, con un Papa de derechas, eh!!!
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Muy contentos, sí... de que no sea de derechas ni de izquierdas.

Como la derecha alemana fuese como la española, apañados íbamos a estar. Y con la izquierda, lo mismo te digo: vaya personal a un lado y a otro. Puaf !!!

1.7.09

"Voy como peregrino de paz" a Tierra Santa

Mayo 2, 2009

Discurso que Benedicto XVI dirigió este sábado a los miembros de Papal Foundation al recibirles en audiencia en la Sala Clementina.

* * *

Querido cardenal Keeler,
querido hermanos obispos,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Para mí es un gran placer tener la oportunidad de saludar una vez más a los miembros de la Papal Foundation, con motivo de vuestra visita anual a Roma. En este Año Paulino, os doy la bienvenida con las palabras del Apóstol de las Gentes: "a vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (Romanos 1, 7).

San Pablo nos recuerda hasta qué punto toda la humanidad anhela la gracia de la paz de Dios. El mundo actual necesita verdaderamente su paz, especialmente al afrontar las tragedias de la guerra, la división, la pobreza y la desesperanza. En unos días, tendré el privilegio de visitar Tierra Santa. Voy como peregrino de paz. Como bien sabéis, durante más de sesenta años, esta región, la tierra que fue testigo del nacimiento, la muerte y al resurrección de nuestro Señor, lugar sagrado para las tres grandes religiones monoteístas, ha sido golpeada por la violencia y la injusticia. Esto ha llevado a una atmósfera general de desconfianza, incertidumbre y miedo, que con frecuencia ha opuesto a vecino contra vecino, hermano contra hermano. Al prepararme para emprender este significativo viaje, os pido de manera especial que os unáis a mí con la oración por todos los pueblos de Tierra Santa y de la región. Que reciban los dones de la reconciliación, la esperanza y la paz.

Nuestro encuentro tiene lugar este año en un momento en el que todo el mundo está luchando con una situación económica sumamente preocupante. En momentos así, se siente con fuerza la tentación de ignorar a aquellos que no tienen voz y pensar sólo en nuestras propias dificultades. Ahora bien, como cristianos somos conscientes de que, especialmente cuando los tiempos son difíciles, tenemos que comprometernos más a fondo para hacer que el mensaje consolador del Señor sea escuchado. En vez de encerrarnos en nosotros mismos, tenemos que seguir siendo faros de esperanza, de fuerza y de apoyo para los demás, especialmente para los que no tienen a otro que les cuide y asista. Por este motivo, me complace estar con vosotros hoy aquí. Vosotros sois ejemplos de buenos cristianos que siguen afrontando los desafíos que se nos presentan con valentía y confianza. De hecho, la Papal Foundation, a través de la generosidad de muchas personas, permite prestar una asistencia preciosa en nombre de Cristo y de su Iglesia. Me siento muy agradecido por vuestro sacrificio y vuestra entrega: a través de vuestro apoyo, el mensaje pascual de alegría, esperanza, reconciliación y paz es proclamado de manera más amplia.

Mientras os encomiendo a todos vosotros a la amorosa intercesión de la bienaventurada virgen María, quien es entre nosotros nuestra Madre, la Madre de la Esperanza, (cf. Spe Salvi, 50), os imparto de corazón mi bendición apostólica a vosotros y vuestras familias como prenda de alegría y paz en el Salvador resucitado.

Benedicto XVI a obispos argentinos:

Abril 30, 2009

CIUDAD DEL VATICANO, jueves 30 de abril de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto completo del discurso pronunciado este jueves por el Papa ante el tercer grupo de obispos procedentes de Argentina, para la visita "ad limina Apostolorum", en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico.

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Queridos Hermanos en el Episcopado:

1. Es para mí un motivo de gran alegría reunirme con este grupo de Pastores de la Iglesia en Argentina, con el cual concluye su visita ad limina. Os saludo con todo afecto y os deseo que este encuentro fraterno con el Sucesor de Pedro os ayude a sentir el latido de la Iglesia universal y a consolidar los vínculos de fe, comunión y disciplina que unen vuestras Iglesias particulares a esta Sede Apostólica. Al mismo tiempo, doy gracias al Señor por esta nueva ocasión de confirmar a mis hermanos en la fe (cf. Lc 22, 32), y participar en sus alegrías y preocupaciones, en sus logros y dificultades.
Agradezco de todo corazón las amables palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido Mons. Luis Héctor Villalba, Arzobispo de Tucumán y Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Argentina, y en las que ha manifestado vuestros sentimientos de afecto y adhesión, así como los de los sacerdotes, religiosos y fieles laicos de vuestras comunidades.

2. Queridos Hermanos, el Señor Jesús nos ha confiado un ministerio de altísimo valor y dignidad: llevar su mensaje de paz y reconciliación a todas las gentes, cuidar con amor paternal al Pueblo santo de Dios y conducirlo por la vía de la salvación. Ésta es una tarea que supera con creces nuestros méritos personales y nuestra pobre capacidad humana, pero a la que nos entregamos con sencillez y esperanza, apoyándonos en las palabras de Cristo, «no me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Jesús, el Maestro, mirándoos con amor de hermano y amigo, os ha llamado a entrar en su intimidad, y consagrándoos con el óleo sagrado de la unción sacerdotal ha puesto en vuestras manos el poder redentor de su sangre, para que, con la seguridad de actuar siempre in persona Christi capitis, seáis en medio del Pueblo que se os ha confiado «un signo vivo del Señor Jesús, Pastor y Esposo, Maestro y Pontífice de la Iglesia» (Juan Pablo II, Pastores gregis, 7).

En el ejercicio de su ministerio episcopal, el Obispo debe comportarse siempre entre sus fieles como quien sirve (cf. Lumen gentium, 27), inspirándose constantemente en el ejemplo de Aquel que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos (cf. Mc 10, 45). Realmente, ser Obispo es un título de honor cuando se vive con este espíritu de servicio a los demás y como participación humilde y desinteresada en la misión de Cristo. La contemplación frecuente de la imagen del Buen Pastor os servirá de modelo y aliento en vuestros esfuerzos por anunciar y difundir el Evangelio, os impulsará a cuidar de los fieles con ternura y misericordia, a defender a los débiles y a gastar la vida en una constante y generosa dedicación al Pueblo de Dios (cf. Pastores gregis, 43).

3. Como parte esencial de vuestro ministerio episcopal en la Iglesia, verdadero amoris officium (cf. S. Agustín, In Io. Ev., 123, 5), deseo exhortaros vivamente a fomentar en vuestras comunidades diocesanas el ejercicio de la caridad, de modo especial para con los más necesitados. Con vuestra cercanía y vuestra palabra, con la ayuda material y la oración, con el llamado al diálogo y al espíritu de entendimiento que busca siempre el bien común del pueblo, y con la luz que viene del Evangelio, queréis dar un testimonio concreto y visible del amor de Cristo entre los hombres, para construir continuamente la Iglesia como familia de Dios, siempre acogedora y misericordiosa con los más pobres, de tal manera que en todas las diócesis reine la caridad, en cumplimiento del mandamiento de Jesucristo (cf. Christus Dominus, 16). Junto a eso, quisiera insistir también en la importancia de la oración frente al activismo o a una visión secularizada del servicio caritativo de los cristianos (cf. Deus caritas est, 37). Ese contacto asiduo con Cristo en la plegaria trasforma el corazón de los creyentes, abriéndolo a las necesidades de los demás, sin inspirarse, por tanto, en «esquemas que pretenden mejorar el mundo siguiendo una ideología, sino dejándose guiar por la fe que actúa por el amor» (ibíd., 33).

4. Deseo encomendaros de un modo especial a los presbíteros, vuestros colaboradores más cercanos. Que el abrazo de paz, con el que los acogisteis en el día de su ordenación sacerdotal, sea una realidad viva cada día, que contribuya a estrechar cada vez más los lazos de afecto, respeto y confianza que os unen a ellos en virtud del sacramento del Orden. Reconociendo la abnegación y entrega al ministerio de vuestros sacerdotes, deseo invitarlos también a que se identifiquen cada vez más con el Señor, siendo verdaderos modelos de la grey por sus virtudes y buen ejemplo, y apacentando con amor el rebaño de Dios (cf. 1 P 5, 2-3).

5. La vocación específica de los fieles laicos los lleva a intentar configurar rectamente la vida social y a iluminar las realidades terrenas con la luz del Evangelio. Que los seglares, conscientes de sus compromisos bautismales, y animados por la caridad de Cristo, participen activamente en la misión de la Iglesia así como en la vida social, política, económica y cultural de su País. En este sentido, los católicos deberán destacar entre sus conciudadanos por el cumplimiento ejemplar de sus deberes cívicos, así como por el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas que contribuyen a mejorar las relaciones personales, sociales y laborales. Su compromiso los llevará también a promover de modo especial aquellos valores que son esenciales al bien común de la sociedad, como la paz, la justicia, la solidaridad, el bien de la familia fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, la tutela de la vida humana desde la concepción hasta su muerte natural, y el derecho y obligación de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones morales y religiosas.

Deseo concluir pidiéndoos que llevéis mi saludo afectuoso a todos los miembros de vuestras Iglesias diocesanas. A los Obispos eméritos, sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas, y a todos los fieles laicos, decidles que el Papa les agradece sus trabajos por el Señor y la causa del Evangelio; que espera y confía en su fidelidad a la Iglesia. A vosotros, queridos Obispos de Argentina, os agradezco vuestra solicitud pastoral y os aseguro mi cercanía espiritual y mi plegaria constante. Os encomiendo de corazón a la protección de Nuestra Señora de Luján y os imparto una especial Bendición Apostólica.